Un regalo de Sergio Astorga

jueves, 1 de agosto de 2013

Recuerdo limpio y vespertino









Cuando era pequeña había una habitación en casa a la que mi padre, pomposa y orgullosamente, llamaba discoteca. No éramos ni fuimos nunca económicamente desahogados ni mi padre un gran entendido en música -ni siquiera conocía a Bruckner, cosa que mi hermana nunca ha dejado de reprocharle, incluso muerto-, pero a mí, con tan poca edad, me parecía el padre que más sabía de música del mundo. Había ido comprando y atesorando discos desde que era soltero y una de sus grandes ilusiones al casarse era tener un sitio donde ponerlos y escucharlos.

Conservo recuerdos parciales y a veces borrosos de aquella sala. Supongo que me acuerdo más por descripciones posteriores de mis padres o mi hermana que por mí misma, pero sí que guardo por aquella pieza y por lo que en ella se escuchaba un afecto muy especial, quizá también porque sólo tenía unos 6 años.

La discoteca era de medianas dimensiones y luminosa. Había un mueble enorme para guardar los discos, un tresillo de terciopelo -o algo similar- granate, una alfombra en el centro de la habitación, una gramola y un tocadiscos automático y estéreo, modernísimo para la época. Había también un espantoso cuadro de Santa Cecilia tocando el clave que a mí, por aquel entonces, me parecía precioso y un enorme, tremebundo y verdísimo busto de Beethoven que me causaba auténtico horror.

Mi padre había conseguido reunir unos 800 discos de música clásica, de vinilo, gordos, de aquellos de 72 revoluciones por minuto y, para evitarles el polvo, les había hecho a cada uno una funda de papel beige (el mismo con el que forrábamos los libros del cole cada mes de octubre), en la que escribía a mano pacientemente la ficha discográfica de cada uno de ellos.

Cuando conseguí vencer el pánico que me causaba el careto de Herr Ludwig, le cogí el gustillo a visitar aquella habitación. Me gustaba ir allí porque el sofá era muy, pero que muy cómodo y me echaba unas siestas que temblaba el misterio, para qué vamos a engañarnos. Supongo que empecé a escuchar música clásica sin tener la menor intención de ello y sin prestarle excesiva atención -todo hay que decirlo- solo porque en aquel sitio se estaba francamente bien. Por aquel entonces yo hablaba menos que un cartujo y era introvertida hasta la exageración (mi madre siempre opinó que podía haberme quedado así toda la vida). A mi padre por tanto no le molestaba en exceso que yo rondara por la pieza, habida cuenta de mi afición desmedida a caer en los brazos de Morfeo en cuanto sonaba el primer movimiento de algo.

No es casual que me prive casi todo lo alemán. Estoy convencida de que en mi caso funcionó la hipnopedia (palabreja que viene a significar aprendizaje durante el sueño) y mi progenitor me transmitió sus gustos musicales mientras yo roncaba (¿las niñas roncan?) plácidamente en el tresillo. Claro que también pudo contribuir a ello el que él se educó en el Colegio Alemán de Madrid -antes de que lo cerraran en 1936 por motivos obvios-, que era filogermánico hasta la médula y que nos educó "a la prusiana". Va a ser eso, ... eso y un complejo de Electra nunca superado (ni ganas).

Lo que sí que recuerdo con una nitidez asombrosa es el día en que la discoteca desapareció. Yo tenía 7 años y medio y mi hermano, unos 5. El petardo contaba pues ya con una edad en la que no estaba bien visto que compartiera cuarto con sus hermanas mayores -al menos en aquella época-, así que había que habilitarle al angelito un sitio donde dormir.

Primero vinieron a llevarse los muebles y la gramola. El tocadiscos se salvó y durante años anduvo por casa. También se libraron de la quema el inefable busto (¿querréis creer que hasta le cogí cariño?) y la Santa Cecilia, que sobrevivió a su dueño. Al cabo de unos días llegó un señor con una furgoneta de esas como la que tenía el Plácido de Berlanga. Empezaron a bajar los discos. Yo misma ayudé a cargar unos cuantos y a montarlos en la furgoneta. ¿Por qué hubo que venderlos? Imagino que por cuestión de espacio y sobre todo porque habría que comprar mobiliario para la habitación del mastuerzo. Mi padre sólo pudo conservar unos cuantos que aguantaron hasta que el tocadiscos cascó y llegaron los primeros cassettes. Nunca podré olvidar su cara cuando la furgoneta se fue: era la misma cara de infinita tristeza que sólo reapareció, casi treinta años después, cuando se dio cuenta de que se estaba muriendo.

[Este texto, con mínimas modificaciones, apareció hace ya casi seis años. Era apenas el cuarto post en el blog Variaciones Goldberg. Desde entonces ha llovido mucho y han pasado muchísimas cosas pero el recuerdo sigue ahí, exacto al de entonces. Por eso hoy, en que echo de menos a mi padre de forma especial, lo traigo de nuevo a las páginas de esta bitácora.
Porque la añoranza, de tanto en tanto, araña pertinaz e impertinente y es bueno dejarse llevar por ella para, de paso, dar al traste con sus intenciones.  No sea que de tanto rascar y rascar acabe por hacer un agujero en el alma.
Sean felices con el recuerdo como yo lo estoy siendo esta tarde.]



L.v.Beethoven. Cuarteto nº 15 en la menor, op. 132. III Heiliger Dankgesang eines Genesenen an die Gottheit, in der lydischen Tonart (Canto sagrado de agradecimiento de un convaleciente a la Divinidad, al modo lidio) Molto Adagio - Neue Kraft fühlend(Sintiendo una nueva fuerza) Andante



9 comentarios:

alestedemadrid dijo...

Los caminos de la memoria son así. Y lo de la hipnopedia seguro que funcionó contigo. Fijate, una educación musical sin esfuerzo...Yo recuerdo también el tocadiscos de casa de mis padres, un mueblecito de madera con dos puertecillas para guardar los discos y una radio grundig llena de teclas blancas que parecía un piano y que después de dar muchas vueltas ha acabado en mi casa porque nadie queria hacerse responsable de tirarlo. Besos

Isabel dijo...

Agujeros del alma. ¡Qué bonita frase para la ausencia!

Y qué recuerdos tan entrañables nos traes. Da gusto leerte.

Besos.

Antonio Rodriguez dijo...

No me extraña tu pasión por la música clásica con esos antecedentes. Y una pena que tu padre tuviera que vender su discoteca.
Un beso, Paz.

Devaneos de un moderno Peter Pan dijo...

Melodías como caminos de la memoria, creo. Este buen Beethoven... ¿Vería él hasta dónde (nos) lleva su cuarteto? Un molto adagio como el del álbum de recuerdos y lagrimillas al vislumbrar (algo, eso que se busca) tras la seda de los años, el tiempo y el ser que se fue, siendo y que nos es aún.

Gracias por la compañía en tarde de sábado.
Abrazos, PeterP.

Alyx Faderland dijo...

Justo hoy escuché una version del alemán de las buenas. Imagino lo que debe significar perder una colección que se ama. Yo que perdí dos bibliotecas en un incendio, doy fé.

RGAlmazán dijo...

Sí, en el camino todos perdermos, voluntaria o involuntariamente objetos que amamos. Y sin remediarlo, más tarde los echamos de menos.
Por cierto, yo también añoro a mi padre, y eso --quizá por eso-- que hace casi cuarenta años que se fue.

Besos, mi querida condesita

Salud y República


Charles de Batz dijo...

Bonita genealogía de su ser, de lo que conocemos de usted, para conocerlo mejor...

Siempre he creído que con esas tonalidades agridulces es como pintamos los más cálidos de nuestros recuerdos.

Salud y Salud

Freia dijo...

Aleste

Recuerdo tocadiscos parecidos a los que Vd. me describe. Y no sabe lo que me gustaría tener una imagen.
¡Ande, fotografíemelo! Es como volver un poco a aquella habitación de música de mi niñez.

Un abrazo.

Isabel

Los agujeros del alma son pedacitos que se nos van borrando cuando ellos marcharon.

Un abrazo muy fuerte, costurera.


Antonio

Pues sí, Antonio. Estoy convencida de que nunca se repuso de esa pérdida.

Un abrazo muy grande Antonio. Como los saltos de tu saltamontes.

Freia dijo...

"La seda de los años.."
¿No le ha dicho nunca nadie, Peter P, que cuando describe los recuerdos, las pinceladas nostálgicas de lo que paso hace mucho o de lo que pudo haber sido y no fue, es Vd. realmente muy, muy bueno?

Un abrazo por compartir tantas cosas.


Alyx

¿Sabe que he sentido cuando he leído sus palabras? ¡Perder dos bibliotecas, qué dolor! No puedo ni imaginármelo, con el apego malsano que tengo a mis libros y mis discos.

Me alegro de su escucha beethoveniana. Mucho.
Un abrazo bien grandote.

Rafa

Siempre se quedan ahí como un poso dulce. Por muchos años que pasen.

Un abrazo muy fuerte, Rafael

Charles de Batz

Pues yo me quedo con sus hermosas palabras, Charles, con las que estoy completamente de acuerdo. Supongo que, en definitiva, en eso consiste vivir.

Un beso y un abrazo muy fuertes.