Un regalo de Sergio Astorga

viernes, 4 de septiembre de 2015

Bajo el sol que dora los membrillos



J. Sorolla y Bastida (1863-1923) - Rocas de Jávea y el bote blanco. Óleo sobre lienzo. 62,5 x 84,7 cms. (1905). Museo Carmen Thyssen. Málaga.

Dicen que septiembre ya no es verano. Lo han decidido unos señores muy sesudos llamados climatólogos.

Y qué más me da. Para mí septiembre es descanso, luz, cobijo. Septiembre es amigo, es búsqueda, es serenidad construida paso a paso por "mi" pequeña cala de apenas un centenar de metros. 

Septiembre significa volar a casa, hacia el azul. Septiembre es el sol que acaricia y ya no quema. Son playas vacías y arena suave y templada en el cabo de Creus  y el de Gata. 

El mes de nombre más largo me traerá en un par de días el regalo de una mirada azul hasta donde se pierde la línea del paisaje. Y me dará la mano como cada vez que regresa -o que regreso yo a él- para decirme que ya no hay nada que temer, que todo está bien. Me esconderá para protegerme en pequeños recovecos de roca, agua invisible de puro transparente y reflejos.  Por muy largo, cansado o duro que haya sido el año. Y solo yo sé lo largo, cansado y duro que tal vez ha llegado a ser. 

Y la tramontana azul acudirá también puntual a su cita para soplar con fuerza y llevarse dolor, cansancio y hospitales, como cuando crea remolinos violentos y envuelve la punta Falconera.

Si la mar es propicia, saldremos de nuevo a navegar a vela y a hundirnos en las aguas profundas de la Jóncols molestando a doradas, salemas o lubinas. Y si el viento nos deja, doblaremos como cada septiembre el Norfeu, el más hermoso de los cabos. 

Me gusta oír ese nombre: septiembre. Porque me trae olores de ginesta, agujas de pino, salitre, iodo, algas o posidonias. Y me acerca a mis propios recuerdos y vivencias. Y me libera de todo lo mezquino, oscuro, turbio de mí misma y de los demás que me ha crecido en la espalda con un peso imposible a lo largo de los once meses anteriores.

Septiembre de risas, complicidades, reconciliaciones. Septiembre de hilos perezosos formando bordados tranquilos encerrados en el bastidor de madera. Septiembre de paseos ligeros y cálidos y de desnudarse física, mental y emocionalmente al aire, al viento, al mar. 

Septiembre bajo un sol que apenas dora los membrillos.



Y para este paréntesis tardoveraniego y mientras llega octubre con su deseada carga de cartera, uniforme, notas y libros nuevos por leer, les he traído una música curiosa. Habrán oído en otras versiones las originales y seguramente sean mejores en su mayoría. Pero él siempre ha sido especial en muchas cosas y a sus 74 años su voz, tocada en ocasiones, sigue teniendo la fuerza y la ilusión de sus inicios.
Solo que más cansada y más sabia. Como septiembre.

Disfruten de ella si les apetece mientras vuelvo y, como siempre, intenten ser felices. Que el otoño anda a la vuelta de la esquina queriendo hacernos la pascua. 


VV.AA. - Encanto del Mar: Mediterranean Songs (Canciones del Mediterráneo). Plácido Domingo, barítono solista. Chico Pinheiro, guitarra; Bridget Kibbey, arpa; Rhai Krija, percusión. Canciones de Serrat, Martino, Moustaki, Rodrigo, Merlandi, De Curtis, Rachel, Lama, Zeira, Obradors, Edide Martini y tradicionales andalusí, ladino, chipriota y catalán.  Acompañamiento de Barbara Fortuna, Jelena Ciric, Héctor del Curto. Sony Classical, 2014. 


miércoles, 2 de septiembre de 2015

Epílogo a las doce canciones de amor desesperadas: amor humano



G. Klimt (1862-1918)- El anhelo de la felicidad. Friso de Beethoven. (1902). Pabellón de la Secession, Viena. 


Amor el más universal, el más amplio, el más hermoso de todos. El que tiene más sentido. 
Y la alegría como compañera inseparable y propiciadora del amor humano. 

Pero también amor el más irreal, el más efímero, el menos cumplido. El más utópico.
Porque es amor que busca y no encuentra. Amor que quisiera ser abrazado y no halla. 

Amor entre los seres humanos. Millones de seres abrazándose en comunión con la Naturaleza bajo la benévola y complaciente mirada de un "ente" superior que no se sabe a ciencia cierta qué es, pero que parece poner paz entre todos los hombres. 
¡Qué maravillosa ingenuidad la utopía del siglo XVIII en que el hombre era bondadoso y la medida de todas las cosas! ¡Qué tiempos en el que futuro y la esperanza eran posibles!


La espléndida y sobrecogedora voz del bajo inicia el canto, al que paulatinamente se le unirán los otros tres solistas y el resto del coro, en un espectacular himno que reza más que dice:  



¡Oh amigos, no en esos tonos!
Entonemos otros más agradables
Y llenos de alegría
¡Alegría! Alegría!

Alegría, bella chispa divina,
Hija del Elíseo,
Penetramos ardientes de embriaguez,
¡Oh celeste!, en tu santuario.
Tus encantos atan los lazos
Que la rígida moda rompiera;
Y todos los hombres serán hermanos,
Bajo tus alas bienhechoras.

Quien logró el golpe de suerte
De ser el amigo de un amigo;
Quien ha conquistado una noble mujer,
¡Que una su júbilo al nuestro!
¡Sí, que venga aquel que en la tierra
Pueda llamar suya siquiera un alma!
Y quien jamás lo ha podido,
¡Que se aparte llorando de nuestro grupo!

Se derrama la Alegría para todos los seres
Por todos los senos de la Naturaleza;
Todos los buenos, todos los malos,
Siguen su camino de rosas.
Ella nos dio los besos y la vid,
Y un amigo, probado hasta en la muerte;
Al gusanillo fue dada la voluptuosidad,
Y el querubín está ante Dios.
¡Ante Dios!

Alegres, como vuelan sus soles
A través de la espléndida bóveda celeste,
Corred, hermanos, seguid vuestra ruta,
Alegres, como el héroe hacia la victoria.

¡Abrazaos, millones de seres!
¡Este beso para el mundo entero!
Hermanos, sobre la bóveda estrellada
Habita un padre amante.
¿Os prosternáis, millones de seres?
Mundo, ¿presientes al Creador?
¡Búscalo por encima de las estrellas!
¡Allí debe estar su morada!


Seguramente ni Schiller ni Beethoven pudieron pensar nunca ni por lo más remoto que aquella An die Freude del primero y al que el sordo genial pondría una de las músicas más simples, efectivas y hermosas jamas compuesta, se convertiría en un himno mundial a la hermandad entre todos los seres humanos.
No es que hayamos avanzado mucho como individuos en nuestros propósitos.
Pero hoy más que nunca esta oda es necesaria. Porque Hungría cierra estaciones de tren a los refugiados sirios, irakies, afganos: seres humanos que huyen del horror de la guerra, del exterminio, de las bombas, del sufrimiento. Porque Alemania se queja como una colegiala ñoña de que ella está aceptando a más refugiados que nadie. Porque España, en un alarde de cinismo de triple salto mortal, afirma que "aceptará" 1400 refugiados.
Porque precisamente hoy está muy lejos esa hermandad entre los hombres, hacen más falta que nunca estos versos y estas notas.
Por ello, a pesar de la que nos está cayendo y de que parece que no tenemos arreglo como especie, intenten ser un poquito felices.
Y gracias por haber llegado conmigo al final de esta serie amoroso-desesperada.



F.v.Schiller (1759-1805) y L.v.Beethoven (1770-1827)  Ode an die Freude (Oda a la alegría)(1785). 4º movimiento de la Sinfonía nº 9, en re menor, op. 125 "Choral"(1818-1824). René Pape, bajo. Jonas Kaufmann, tenor. Waltraud Meier, mezzo. Anne Schanewilms, soprano. Daniel Barenboim, director. Orquesta y coros de la Filarmónica de Berlín. Berlín, 2013. Vía Tilantelcontar

martes, 1 de septiembre de 2015

Duodécima canción desesperada: amor que se niega a sí mismo






Amor que no quiere ser. Amor que duda en un primer momento pensando que quizá esta vez por fin sí, pero que inmediatamente recula y se desdice.

Amor que no quiere comprometerse porque sabe que al hacerlo sufrirá. Amor que busca en vano placeres, alegrías mundanas, diversión, fiestas.

Amor que se sabe atrapado de antemano.

Amor que, en un gesto de simplicidad bellísima, pretende alejarse del sufrimiento y el desprecio porque tiene el pálpito de que acabará sufriendo ambos.

Amor terrible, el más terrible de todos porque no quiere ser, aunque pida a gritos existir.

Amor dramático que conduce a la perdición, al dolor y a la pequeña dicha efímera de una felicidad muy pasajera.

Amor que sabe con certeza que no podrá sobrevivir.


Violetta se plantea la duda de si Alfredo puede ser el gran amor -él sí- hasta que, desechando la idea y negándoselo a sí misma, hace su personal declaración de intenciones. ¡Qué ingenua!, como si el amor no la hubiese atrapado ya. Eso sí parece tan convencida de lo que dice... Escúchenla:



Violetta
¡Locuras! Locuras!
Solo vanos delirios.

Pobre mujer sola, abandonada,

En este desierto lleno de gente,
Llamado París.

¿Qué puedo esperar aún?

¿Qué debo hacer..?

¡..Gozar, perecer en remolinos

de voluptuosidad!

¡Gozar! ¡Gozar!


Debo permanecer siempre libre 

y revolotear de placer en placer.
Quiero que mi vida transcurra siempre
por los caminos del placer.
Que el día, nazca o muera,
me halle siempre alegre
y mi pensamiento volando
hacia placer siempre nuevos.

Alfredo

¡El amor! El amor es el latido
de todo el universo.

Violetta 

¡Oh, amor!

Alfredo

Misterioso, excelso.
Martirio y delicia del corazón. 

Violetta

¡Locuras!,locuras!
¡Gozar! ¡Gozar!

Debo permanecer siempre libre 

y revolotear de placer en placer.
Quiero que mi vida transcurra siempre
por los caminos del placer.
Que el día, nazca o muera,
me halle siempre alegre
y mi pensamiento volando
hacia placer siempre nuevos.

Alfredo

El amor es el pálpito del universo.

Violetta

¡Oh, amor! ¡Locuras! ¡Gozar!

Déjense llevar, háganme caso. Gozar, hacer locuras, vivir, sentir el placer no son malos consejos. Todo ello les conducirá casi con seguridad a pequeños momentos felices. No se los nieguen.


G. Verdi(1813-1901) - Sempre libera (Libre siempre). De la ópera La Traviata. Libreto de Francesco Maria Piave. Acto I, escena final.  Ana Netrebko, soprano, Violetta. Rolando Villazón, tenor, Alfredo. Carlo Rizzi, director musical. Willy Decker, director artístico. Orquesta Filarmónica de Viena. Festival de Salzburgo. Agosto, 2005. Vía USXTX


lunes, 31 de agosto de 2015

Undécima canción de amor desesperada: amor como herida



Johann Wilhelm Beyer (1725-1796) Taller. Raub der Helena o Flucht von Paris und Helena (Rapto de Helena o Huida de Paris y Helena). Piedra caliza. (1773-1780). Jardines del Palacio de Schönbrunn, en Viena.



Amor que  sorprende en el  lugar más insospechado.

Amor que no entiende de clases sociales, ni de nivel cultural.

Amor que rinde sin avasallar. Con tan solo una mirada, un requiebro, una huida.

Y el amante cree morir cuando el amado desaparece.

Y es que  cuando el amor abre herida -sobre todo si es profunda y plena- ya nada volverá a ser igual.

Si te hiere, estás perdido.  Porque el amor escuece, duele, abrasa, mata.


Un pastorcillo nos cuenta sus cuitas amorosas, cantando de esta manera -bastante acortada en esta bella versión, todo hay que decirlo-: 


Ay triste que vengo
vencido d'amor
magüera pastor.

Más sano me fuera
no ir al mercado
que no que viniera
tan aquerenciado:
que vengo, cuitado,
vencido d'amor
magüera pastor.

[Di jueves en villa
viera una doñata,
quise requerilla
y aballó la pata.
Aquella me mata,
vencido d'amor
magüera pastor.

Con vista halaguera
miréla y miróme.
Yo no sé quién era
mas ella agradóme;
y fuese y dexóme
vencido d'amor
magüera pastor.]

De ver su presencia
quedá cariñoso,
quedé sin hemencia,
quedé sin reposo,
quedé muy cuidoso,
vencido d'amor
magüera pastor.

[Ahotas que creo
ser poca mi vida
según que ya veo
que voy de caída.
Mi muerte es venida,
vencido d'amor
magüera pastor.

Sin dar yo tras ella
no cuido ser bivo,
pues que por querella
de mí soy esquivo.
Y estoy muy cativo
vencido d'amor
magüera pastor.]


No se lo tomen Vds. tan a pecho como el pastorzuelo de la canción, que la guerra de Troya empezó más o menos igual y se lió parda. Pero procuren amar con la misma intensidad que él. De vez en cuando, la felicidad surge entre tanta tristura. Después de todo, amar es hermoso. 


J. del Enzina (1468-1529) - Ay triste que vengo - PavanaDel Cancionero de Palacio. Siglos XV. Grupo Aquitania: Leonor Bonilla, canto. Emilio Villalba, arpa. Juan Manuel Rubio, rabel. Vía Emilio Villalba



domingo, 30 de agosto de 2015

Décima canción de amor desesperada: amor para toda la vida.



Oskar Kokoschka (1886-1980) Diseño de vestuario para Papageno (1965). Museum für Kunst und
Gewerbe. Hamburgo. 



Amor esperado desde siempre. Amor que irrumpe y de golpe todo lo llena.

Amor nuevo, amor recién descubierto. Amor fértil, muy fértil -casi me atrevería a decir que excesivamente fértil-.

Amor soñado, deseado, acariciado largamente durante muchos, muchos años.

Amor que cuando llega barre todas las angustias y miedos porque se le reconoce nada más verlo.

Amor alegre, sin dobleces. Amor hermoso en su simplicidad. Amor hermoso precisamente por ella.

Amor que devuelve la vida a quien desesperaba de conseguirlo. Amor que lo vuelve todo patas arriba.

Amor que llena el alma y el cuerpo de una sensación indecible e indefinible de felicidad.


Y felices, radiantes, llenos de vida se nos muestran Papageno y Papagena cuando por fin logran encontrarse. Cuando nada más verse se reconocen. Cuando nada más reconocerse saben que están hechos el uno para el otro. Y lo cantan así:

Papageno y Papagena

Pa-pa-pa, Pa-pa-pa.
Pa-pa-pa-pa, Pa-pa-pa-pa.

Papageno
Pa-pa-ge-na

Papagena
Pa-pa-ge-no

Papageno
¿Quieres prometerte conmigo?

Papagena
Sí, quiero prometerme contigo.

Papageno
Eres tú, pues, mi querida mujercita...

Papagena
Y tú eres el amorcito de mi corazón.

Papageno y Papagena
¡Qué felices seremos los dos
Si los dioses nos conceden la gracia,
Y bendicen nuestro amor con los hijos,
Con los niñitos queridos..!
Niñitos...
Un pequeño Papageno...
Una pequeña Papagena...
Y luego, otro Papageno...
Y luego, otra Papagena...
¡Papageno! ¡Papagena!
¡Papageno! ¡Papagena!

¡El mayor de los gozos
Sucederá cuando muchos Papagenos
Sucederá cuando muchas Papagenas
Bendigan a sus padres!
¡Papageno! ¡Papagena!
¡Pa-pa-pa-pa, Papageno!
¡Pa-pa-pa-pa, Papagena!


No les recomiendo yo a mis queridos lectoyentes que compartan al pie de la letra los deseos de Papagena y Papageno, que no están los tiempos para familias numerosas, pero recuerden que hay otras muchas maneras de ser felices. Intenténlo. No todas tienen consecuencias evidentes.


W.A. Mozart (1756-1791) -  Pa-Pagena! Pa-Pageno! Del singspiel Die Zauberflöte (La Flauta Mágica) K 620. Acto II, Cuadro IX. Libreto de Emanuel Schikaneder. (1791). Manfred Hemm, barítono, Papageno. Barbara Kilduff, soprano, Papagena. James Levine, director. The Metropolitan Opera Orchestra. Nueva York, 1991. Vía Amadeus Mozart 


jueves, 27 de agosto de 2015

Novena canción de amor desesperada: amor esperanzado






Amor que espera aun sabiendo que no hay futuro.

Amor confiado, fiel, que se resiste a aceptar la verdad.

Amor entusiasta con el amado aunque éste -como casi siempre- no lo merezca.

Amor que espera tejiendo y destejiendo, o contemplando el horizonte del mar desde lo alto de la colina. 

Amor sin salida, amor condenado a ser vencido por la muerte, pero contra la que lucha con todas sus fuerzas. 

Amor que emana generosidad y es bondadoso. Amor sabio a pesar de su ceguera. Amor verdadero y real por muy alejado de la realidad que esté. 

Amor de esperanza, cuando la desesperanza lo rodea. 


Estas hermosísimas y esperanzadas palabras son las que dirige Cio-Cio-San (Madame Butterfly) a su criada Suzuki cuando ésta intenta convencerla de que Pinkerton no regresará jamás:


Un hermoso día veremos alzarse
Un hilo de humo en el horizonte.
Y entonces aparecerá la nave.
Luego, esa nave blanca entrará
En el puerto, atronando con su saludo.
¿Lo ves? ¡Ya ha llegado!
Yo no bajo a encontrarme con él.
Me quedo allí, en lo alto de la colina,
Y espero, espero largo tiempo
Y no me pesa la larga espera.
Y saliendo de entre la multitud,
Un hombre, un punto pequeño
Se destaca colina arriba.
¿Quién será? ¿Quién será?
Y cuando llegue,
¿Qué dirá?, ¿qué dirá?
Llamará a Butterfly desde lejos.
Y yo, sin responderle,
Estaré allí escondida,
Un poco para inquietarlo
Y un poco para no morir
al primer encuentro. Y él,
Con alguna inquietud, llamará, llamará:
"Pequeña mujercita, olor de verbena",
Los nombres que me daba
Cuando volvía a casa.
Todo esto sucederá,
Te lo prometo.
Guárdate tu miedo,
Yo, con firmeza le espero.



Lo sé, lo sé, mis queridos lectoyentes, la ópera no termina bien. Y van... Pero es que ya saben que en teatro -y la ópera no deja de ser teatro- da muchísimo más juego un final  trágico que uno feliz y anodino. Pero Vds. no cejen en su empeño, llévenle la contraria a los grandes dramaturgos y compositores y traten de ser felices... por lo menos a ratitos. 


G. Puccini (1858-1924) Un bel di vedremo (Un hermoso día veremos). De la ópera Madama Butterfly. Libreto de Luigi Illica y Giuseppe Giacosa. Acto II. Ying Huang, soprano, como Cio-Cio-San. James Conlon, director musical. Orchestre de Paris. De la película Madame Butterfly. Frédérick Mitterand, director (1995). Vía Tagerk1


miércoles, 26 de agosto de 2015

Octava canción de amor desesperada: amor doliente



D. de Silva Velázquez - Retrato de Juan de Pareja. (1650) Óleo sobre lienzo. 81,3 x 69,9 cms.
Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.  


Amor triste, muy pero que muy triste. 

Amor pesaroso, doliente, aquejado de una profunda trascendencia.

Amor que lo da todo por perdido pero que goza en su sufrimiento. Y se regodea en él. 

Amor masoquista. Amor que quiere padecer todavía más de lo que padece. 

Amor oscuro, negro.  Vestido de austeridad, con su gola blanca y su jubón de luto. Nada que pudiera darnos una mínima sensación de alegría.

Amor barroco, pero a la española. Amor barroco español donde los haya. 

¡Pero qué tristes éramos en pleno siglo de Oro, cuando Europa entera reía y gozaba de la joie de vivre! Si es que no escarmentamos.


De esta manera se expresa nuestro sufriente "espagnol" -en la parte más austera y una de las más bellas de toda la comedia y de todo el barroco- llamada el ballet de los españoles:


Sé que me muero,
Me muero de amor,
Y solicito el dolor.
Sé que me muero,
Me muero de amor,
Y solicito el dolor.

Aun muriendo de querer,

De tan buen ayre adolezco,
Que es más de lo que padezco,
Lo que quiero padecer.

Y no pudiendo exceder a mi deseo el rigor,

Y no pudiendo exceder a mi deseo el rigor,
Y no pudiendo exceder a mi deseo el rigor.

Sé que me muero,

Me muero de amor,
Y solicito el dolor.
Sé que me muero,
Me muero de amor,
Y solicito el dolor.

Lisonxeame la suerte

Con piedad tan advertida,
Que me assegura la vida,
En el riesgo de la muerte.

Vivir de su golpe fuerte es de mi salud primor.

Vivir de su golpe fuerte es de mi salud primor.
Vivir de su golpe fuerte es de mi salud primor.

Sé que me muero,

Me muero de amor,
Y solicito el dolor.
Sé que me muero,
Me muero de amor,
Y solicito el dolor.


No quisiera verles a Vds. pesarosos aun con la hermosura de esta puesta en escena excepcional y única de la comedia-ballet de los dos Jean Baptiste, así que háganme el favor de intentar contrarrestar la aflicción de nuestro doliente amigo "español" y -más que nada por llevarle la contraria- intenten ser felices. Lo conseguirán seguro. 



J.B. Lully (1632-1687) - Ballet des Espagnols: Sé que me muero. De la comédie-Ballet: Le bourgeois gentilhomme (El burgués gentilhombre). Libreto de J.B. Molière.  Versión íntegra y original de 1670. François-Nicolas Geslot, contratenor. Vincent Dumestre, director artístico y musical. Le Poème Harmonique, orquesta, ballet y compañía. Marek Strynci, director musical. Musica Florea, orquesta. Grabado en noviembre de 2004, en París. Alpha Arte, 2005. 

lunes, 24 de agosto de 2015

Séptima canción de amor desesperada: amor enamorado







Amor exultante, pletórico, alegre. Amor recién estrenado.

Amor en su primer estadio: el enamoramiento. Nuevo, fresco. Huele tan maravillosamente como un bebé. Huele a vida.

No sabe de nadie, no reconoce a nadie que no sea el amado. El mundo alrededor deja de existir.

Amor ensimismado, alterado, irreconocible. Los amantes, de cara al exterior, se vuelven cursis y destilan azúcar por todos los poros. Pero a ellos les trae sin cuidado porque, en su particular espacio de dos, el tiempo, el ritmo, las palabras, los gestos tienen otro significado al que nadie más que ellos tiene acceso.

Amor que dura un suspiro para pasar después a ser otra cosa. Pero mientras dura, lo llena todo. Lo ilumina todo. Le da nueva vida a todo.

Amor henchido, hermoso. Amor feliz.



Y estas son las palabras que Niobe, -reina de Tebas y esposa de Anfione- cruza con Creonte -enemigo de su estirpe y profundamente enamorado de ella-, al confundirlo con el mismísimo Marte por las argucias y encantamientos del mago Polifemo. Oigámoslos:


Niobe
Acudo hacia el divino imperio,
obediente y llena de fe.
Se han borrado los 
recuerdos de los fastos contraídos.


Creonte
Te abrazo, mi diosa.

Niobe
Te estrecho, mi dios.
Los dos
Te llevo en mi corazón.


Niobe
Tu luz me da vida.

Creonte
Mi vida es tu luz.
Los dos
Mi alegría es tu ardor.
Creonte
Te abrazo, mi diosa.
Niobe
Te estrecho, mi dios.
Los dos
Te llevo en mi corazón.


Este es el que me gustaría que experimentasen todos mis lectoyentes. Mientras llega, ya lo saben. Hagan todo lo que puedan por beberse la felicidad a sorbitos. Y no dejen de ver esa delicia de dúo, a cargo de dos de los grandes: Bartoli y Jaroussky.


A.Steffani (1654-1728) - T'abraccio, mi diva (Te abrazo, mi diosa). De la ópera Niobe, regina di Tebe (Niobe, reina de Tebas). Libreto de Luigi Orlandi, según Las Metamorfosis de Ovidio. Niobe, Cecilia Bartoli, mezzo. Creonte, Philippe Jaroussky, contratenor. Diego Fasolis, director. I Barocchisti, orquesta. Del CD y DVD Mission, sobre composiciones de Agostino Steffani. Rodado en Versalles, en junio, 2012. Decca. Vía Wilma2511





domingo, 23 de agosto de 2015

Sexta canción de amor desesperada: amor en retirada








Amor desolado. Amor sin esperanza ni retorno. Amor que se rindió.

Amor que llora lo que ya nunca será, que añora cuando era feliz con el amado o  que reniega de la inconstancia y el abandono de éste. 

Amor que acaricia la idea del suicidio y habla a menudo del fin.  Pero persiste en su camino. En un camino que seguramente no le lleve a ninguna parte. En un intento de huir del dolor o probablemente de sí mismo. 

Amor angustiado e inquieto que se promete en voz baja no volver a enamorarse. 

Amor que atraviesa paisajes blancos, sin principio ni fin. Amor sin futuro.

Amor desarmado y solo que se bate en retirada. Ha perdido la batalla y la guerra.

Amor de invierno. Amor de crepúsculo. Amor herido de muerte. 



Buenas noches

Como un extraño llegué,
Parto también como un extraño.
Mayo fue benévolo conmigo
Y me dio muchos ramos de flores.

La muchacha habló de amor,
Su madre incluso de boda.
Ahora el mundo es tan lóbrego,
El camino está oculto por la nieve.

No puedo elegir
La hora de mi viaje,
He de encontrar el camino
En medio de la oscuridad.

Me acompaña una sombra
Que proyecta la luna
Y por lo blancos campos
Busco huellas de animales.

¿A qué permanecer más tiempo
Y que me echen?
¡Qué aúllen los perros aturdidos
Ante la casa de su amo!

El amor gusta de vagar sin rumbo
-Así lo ha hecho Dios-
De una lado para otro.
¡Así lo ha hecho Dios!

El amor gusta de vagar sin rumbo
-Así lo ha hecho Dios-
De una lado para otro.
¡Así lo ha hecho Dios!

No perturbaré tus sueños,
Sería horrible para tu reposo.
No escucharás mis pasos.
¿Chito, chito... la puerta está cerrada.

Cuando paso por ella te escribo
En la puerta "Buenas noches"
Para que puedas ver
Que he pensado en ti.



Pero no me resisto a que escuchen entero el Viaje de invierno porque una sola canción no es capaz de mostrarles toda la nostalgia de la pérdida y la partida. Es un viaje hermoso, triste, desolado. Como la nieve, como el invierno, como el desamor.
Les aseguro además que poder ver y escuchar a Brendel y Fischer-Dieskau juntos representa un privilegio en esta grabación irrepetible.
Mientras escuchan sus versos, piensen en todo lo contrario y denle cancha a la felicidad.


F.P.Schubert (1797-1828) - Winterreise (Viaje de invierno). D911, op. 89. Sobre poemas de W. Müller. 1827.  Dietrich Fischer-Dieskau, barítono. Alfred Brendel, pianista. Grabado en Sender Freies, Berlín, 1979. Vía Desi Konstantinova.

viernes, 21 de agosto de 2015

Quinta canción de amor desesperada: amor traicionado


C-A.Cayot (1677-1722) - La mort de Didon (Muerte de Dido)  (1711)  Mármol de Carrara. 55 x 59 cms. Museo del Louvre, París. Pieza de admisión en L'Académie Royale. 



Amor que confió en quien no lo merecía.

Amor que ayudó, enalteció, contribuyó a que el amado creciera.

Amor que solo esperaba correspondencia, aun sabiendo que nunca lo sería en la misma medida.

Amor sorprendido por la deslealtad del otro.  Amor que no resiste la infidelidad del alma, que es la peor de todas.

Amor cantado por juglares, dramaturgos, poetas, cineastas.
Dramáticamente es resultón y da mucho juego. Es hermoso. Eso sí, destroza. 

Amor triste. Amor desesperanzado. Todo desamor lo es.

Amor de los generosos y de los que inspiran bondad, pero que terminan siempre desfalleciendo y dándose muerte.


Dido se suicida tras conocer la huida de Eneas -que ha traicionado su amor y a su tierra-. Justo antes de caer inerte, murmura estas palabras:


Tu mano, Belinda...
Me envuelven las sombras.
Deja mi cabeza posarse en tu pecho.
Quisiera decir más,
Pero la muerte me invade.
Y ya la doy por bienvenida.

Cuando me den tierra
Espero que mis equivocaciones
No atormenten tu corazón.
Recuérdame, 
Recuérdame.
Y olvida mi triste destino.


Esta canción desesperada es la opuesta a la del día anterior. Tampoco me gustaría a mí que la experimentaran, especialmente en su tramo final. Se lo vuelvo a repetir, mis queridos lectoyentes: intenten engancharse a pequeñas dosis de felicidad. Es de los venenos que valen la pena. 


H.Purcell (1659-1695) - Thy hand, Belinda... When I am laid in earth (Dido's Lament) [Dame tu mando, Belinda... Cuando yazga bajo tierra (Lamento de Dido)]. De la ópera Dido and Aeneas (Dido y Eneas). Libreto basado en el texto de Nahum Tate Brutus of Alba (Bruto de Alba) Acto III, Cuadro 2. Malena Ernman, soprano. William Christie, director. Les Arts Florissants. fRa, 2010. Vía La Voz por Excelencia

jueves, 20 de agosto de 2015

Cuarta canción de amor desesperada: amor que mata




Antonio Muñoz Degrain (1840-1924). Otelo y Desdémona (1881). Óleo sobre lienzo.  Museu do Chiado, Lisboa



Amor que arrasa, destroza, destruye. Amor tóxico, execrable, enajenado. 

Amor que en nombre de una adoración sin límites lo que oculta es posesión, maltrato,
muerte. 

Amor estéril. El más estéril de todos. El más inútil. El más odioso. 

Amor que se repite a lo largo del tiempo. En cualquier lugar del mundo.  En cualquier estamento social. 

Amor para el que no existe justificación  aunque, según vemos a diario, hay quien todavía lo justifica. 

¿Es amor? Yo afirmo que no. Quien ama no posee ni aniquila en nombre de él. 
Sea al otro, sea después a uno mismo.

Amor terrible que no duda en matar. Amor que siempre mata. 

Otello -mientras contempla embelesado a Desdémona muerta- canta sus últimas palabras antes de clavarse el puñal y tiene la desfachatez de pedirle algo porque la ama (¡manda huevos!):

Otello
Que ninguno me tema
Aunque aún me vea armado. He llegado al final
De mi camino... ¡Oh, Gloria! Se acabó Otello.

Y tú... ¡qué palida estás!, ¡qué cansada!, ¡qué callada!
¡Qué bella!
Criatura piadosa nacida bajo una estrella maligna.
Fría como tu casta vida, y ascendida al cielo...

¡Desdémona! ... ¡Desdémona!... ¡muerta!...
¡Muerta! ... ¡muerta!...

¡Todavía tengo un arma!

Cassio
¡Detente!

Ludovico, Montano
¡Desgraciado!

Otello
Antes de matarte... esposa... te besé.
Ahora, muriendo.. en medio de la sombra en que me hielo...
Un beso... un beso más... ah! ... otro beso.

Eso sí, la versión de Kleiber y Domingo es espléndida que lo cortés no quita lo valiente.


Esta vez les voy a rogar encarecidamente que ni un solo segundo de su vida experimenten esta pasión enajenada. Pero, por favor, sigan intentando ser felices.


G.Verdi (1813-1901) Nium mi tema (Ninguno me tema). De la ópera Otello (Otelo). Acto IV. Escena final. Libreto de Arrigo Boito, basado en la tragedia homónima de W. Shakespeare. Plácido Domingo, tenor. Carlos Kleiber, directorOrquesta y Coro de La Scala de Milán. Teatro de la Scala de Milán, 1976. Via thiavengerdomingo



miércoles, 19 de agosto de 2015

Tercera canción de amor desesperada: amor más allá de la muerte






Amor fiel, desinteresado y generoso. Amor no correspondido.  

Amor que se conforma con la amistad cuando quisiera abrasarse entero y al que no le importaría morir amando.

Amor entregado, sin decaer siquiera un momento. Doliente. Hermoso, inútil. Bueno, inútil, no. En absoluto.

Amor sin reproches ni porqués. Amor que sostiene en la caída, que consuela al amado en sus cuitas amorosas. 

Amor noble, elevado, poético, con poco de terrenal y mucho de divino.  Porque solo quien es capaz de amar de esa manera, con total entrega y sin esperar nada a cambio, merece el privilegio de ser tenido por un dios. 

Amor wagneriano. 


Sí, mis queridos lectoyentes, pocos han cantado al amor en el sentido más amplio, más hermoso, más grande del concepto y la palabra, como Ricardito Wagner.  Sus amantes poseen, se consumen, arden en la fiebre amorosa, pero también saben amar en silencio y con adoración, aun sabiendo que nunca van a ser correspondidos. Solo ellos son capaces de dar la vida por la vida del otro o de recordar al amado que ha dejado el mundo de los vivos.

Y yo, que no soy romántica en absoluto salvo para Wagner, me sigo emocionando cada vez que escucho esta hermosísima canción -si está interpretada por Fischer-Dieskau ni les cuento- en la que Wolfram von Eschenbach, presintiendo el fin de Elisabeth, le canta a la estrella del atardecer y le pide que proteja a su amada cuando atraviese el valle de la muerte: 

El crepúsculo está cubriendo
la tierra y el valle con su negro manto,
como presagio de muerte.
El alma, al contemplarlo,
se empapa de todo su horror.

Pero, en medio de la negra noche,
estás tú, la hermosa estrella de luz,
para enviarnos desde la distancia
haces de inmensa dulzura,
que se filtran a través de la noche
y señalan un camino en el valle.

¡Ah! ¡Hermosa estrella vespertina..!
¡Yo siempre te he adorado!
De parte de mi corazón,
que nunca ha traicionado su fe,
saluda a Elisabeth cuando
pase junto a ti, cuando
abandone este valle de mortales
y se convierta en ángel del cielo.


Intenten amar de esa manera, aunque solo sea un segundo en toda su vida. El resto del tiempo, procuren ser felices.


R. Wagner (1813-1883) - Wie Todesahnung - O du, mein holder Abendstern! (Como un presagio de muerte - ¡Oh, tú, mi dulce estrella vespertina!) De la ópera Tannhäuser. Acto III. Escena 2ª.  Dietrich Fischer-Dieskau, barítono. Joseph Keilberth, director. Orquesta y coro de Bayreuth. Festival de Bayreuth, 1954. Via rinconcetepuntocom

martes, 18 de agosto de 2015

Segunda canción de amor desesperada: amor en plenitud









Amor pleno y derrochador de alegría. Amor que corre, salta, desprende felicidad por los cuatro costados.

Amor apasionado capaz de trastocar cuanto le sale al paso.  Amor impetuoso, joven, recién estrenado.

No hay fuerza que resista su empuje. Ante él todo y todos se doblegan. Tiene la facultad de transformar a quienes se acercan a él, envolviéndolos en un aire limpio y nuevo.

Torbellino imprevisible que cura, protege y hace despertar en quien lo experimenta las ganas de vivir más desbordantes.

Provoca también en los mismos  un estado de atontamiento tal que el overbooking en las nubes llega a  convertirse en un verdadero problema de tráfico aéreo.

Si se encuentran con él, dense por abordados. No se resistan, es inútil. Nadie puede. Además, si tienen esa suerte, dedíquense a vivirlo con toda su alma. Apenas dura un día.


Julietta -la reina en el baile en casa de su padre- desbordante de alegría,  canta:

Quiero vivir
En este sueño que me embriaga.
Y guardaré siempre ese día, 
Dulce llama, 
En mi corazón como un tesoro.

Quiero vivir

En este sueño que me embriaga.
Y guardaré siempre ese día,
Dulce llama, 
En mi corazón como un tesoro.

Esta embriaguez de juventud

Solo durará un día.
Después viene la hora del llanto.
El corazón se rinde siempre al amor.
Y la felicidad huye para no volver.

Quiero vivir

En este sueño que me embriaga.
Este día siempre lo guardaré.
Dulce llama, 
en mi corazón como un tesoro.

Déjame dormir 
lejos del desagradable invierno
y oler la rosa 
antes de deshojarla.

Dulce llama,

quédate en mi corazón
como un dulce tesoro 
durante mucho tiempo. 


Aprovechen y respiren este aire de verano que, en cuanto nos descuidemos, se habrá vuelto otoño.
En todos los sentidos.


Ch.Gounod (1818-1893) - Je veux vivre (Quiero vivir), de la ópera Roméo et Juliette (Romeo y Julieta). Libreto de Jules Barbier y Michel Carré. Julieta: Nino Machaidze, soprano. Yannick Nézet-Séguin, director. Orquesta del Mozarteum de Salzburgo. Festival de Salzburgo, 2008. Via Freia


domingo, 16 de agosto de 2015

Primera canción de amor desesperada: amor que suplica








Amor hacia el padre y el amante. Amor que suplica a uno para conseguir al otro.

Extremo, pasional, exaltado y hasta un poco chantajista.

¿Amor o enamoramiento febril?

En todo caso, ¡qué manía tienen algunos jóvenes de tomarse las cosas tan a la tremenda invocando de continuo a la muerte! Con lo poco recomendable para la salud que es eso. Y sobre todo porque, salvo en los dramones o las óperas, nunca vale la pena.

De todas formas, es un aria con una de las músicas más hermosas que compusiera nunca Puccini y que pertenece -con toda seguridad- a su ópera más divertida. 

Disfruten por tanto de la dulce súplica  -interpretada además por la Callas- pero no tengan la peregrina idea de tirarse desde ningún puente, dado que la pertinaz sequía de este verano a buen seguro habrá hecho desaparecer una parte nada desdeñable de los caudales patrios. 

Dejemos pues a la dulce Lauretta intentando que su padre, Gianni Schicchi, permita su relación amorosa con Rinuccio, a pesar de la manifiesta enemistad entre los padres de éste y el protagonista de la obra.
Nuestra muchachita habla así: 



¡Oh, papaíto querido,
Me gusta: es bello, bello!
¡Iré a Porta Rossa
a comprar el anillo!
¡Sí, sí, allí quiero ir!
¡Y si le amase en vano,
iría al Ponte Vecchio,
pero para arrojarme al Arno!
¡Me angustio y me atormento!
¡Oh Dios, quisiera morir!
¡Papá, piedad, piedad!
¡Papá, piedad, piedad!


Combatan como puedan los calores del estío. Si este pedacito de bel canto les ayuda en la tarea, me sentiré muy afortunada.

G. Puccini (1858-1924) O mio babbino caro (Oh, papaíto querido), de la ópera Gianni Schicchi.  Libreto de Giovacchino Forzano. Maria Callas, soprano. Tullio Serafin, director. The Philharmonia Orchestra. Emi classics, 1954, remasterizada en 2002. Via María Callas


viernes, 14 de agosto de 2015

Doce canciones de amor desesperadas






Hace un mes esta condesa se remangaba el polisón y ni corta ni perezosa embarcaba en un proyecto de teatro fascinante que tenía por leitmotiv el amor expresado a través del baile.

Cuerpos de 20 y 60 años unidos en escena. Como uno solo. Unos, ligeros, ágiles, graciosos, llenos de vida y de energía y afecto. Otros, cansados, sin medidas ni peso ideales, pero también llenos de afecto, energía y vida. Y es que todos los cuerpos son hermosos aunque el tiempo, las decepciones, el vivir o el amor los deformen. Porque el dolor y el sufrimiento modelan y hermosean a su modo. Esa era la espléndida base sobre la que se asentaba el taller laboratorio que durante diez días nos llevó a compartir en el Español-Matadero sudor, energía, secretos nunca antes dichos a otros, risas, música, esfuerzo, calor, baile. Movimiento de los cuerpos objetiva o subjetivamente hermosos. Y el amor, el desamor, la espera, el mirarse a los ojos, la confianza en el otro, la desesperanza, la nostalgia, la realidad abriéndose paso entre los recuerdos... 

Y de aquellos días de trabajo colectivo de actores o aprendices de actores, directores, músicos, fotógrafo... de aquellos días de acariciar, mirarse, guiar, cuidar del otro, sentirse muy cerca... de aquellos días que terminaron en una muestra al público han surgido ahora estas canciones de amor desesperadas. Mis particulares doce canciones de amor desesperadas. 

Desfilarán por aquí trocitos de amor de todo tipo: ilusionados, nacientes, desesperanzados, los que todavía no son, los que fueron y terminaron, los de juventud o los del ocaso, los positivos y  los que comenzaron a doler aun antes de iniciarse.  Es fácil que Vds., mis queridos lectoyentes, se identifiquen con lo que se canta o se dice o se susurra. De eso se trata. 

Saben de sobra que esta condesa es inconstante de modo que no se llamen a engaño si no llego a la docena -tengo cierta querencia por dejar siempre las cosas a medias-, pero al menos voy a intentarlo. Desgranaré pues desde esta bitácora resucitada doce "canciones" de música clásica, ya sean fragmentos de ópera, lieder o pedacitos de música antigua.  En la medida de lo posible, les añadiré la traducción para que resulten algo más inteligibles cada entrada y cada porqué de los títulos que irán surgiendo.

Y ya no les doy más la tabarra. A modo de prólogo y de inicio, quédense con esta pequeña maravilla del soberbio último Mozart, para mí el ejemplo más evidente de lo que puede ser un amor desesperado: Pamina al ver que Tamino se niega a dirigirle la palabra, cree que ya no la quiere y se lamenta...


¡Ay, siento que la dicha del amor
ha desaparecido para siempre!
¡Nunca volveréis a mi corazón,
horas de delicia!

Mira… Tamino, querido,
estas lágrimas corren sólo por ti.
¡Si no sientes los anhelos del amor,
mi descanso estará en la muerte!


Sean todo lo felices que el calor, el barullo y los turistas les dejen. Ya vendrá el invierno. 


W.A.Mozart (1756-1791)  Ach, ich fühl's, es ist entschwunden  (Ay, tengo el presentimiento...). K620. De la ópera Die Zauberflöte (La Flauta Mágica). Libreto de A. Schikaneder. Acto II, Escena 4ª.  Lucia Popp, soprano. Bernard Haitink, director. Orquesta Sinfónica de la Radiotelevisión Bávara. Ópera Estatal de Viena, 1983.  Via omnia mea mecum porto

miércoles, 5 de agosto de 2015

Octav(i)o Augusto



- Condesa, condesaaaa...

- ¡Cielox, cuánto honor para este humilde palacete! La mismísima y desaparecida Freia, la propietaria, la excelentísima, la ínclita...

- Ahórrate el pitorreo, que tienes trabajo. Porque trabajar lo que se dice trabajar no es que lo hayas hecho mucho a lo largo de este último año. Siete entradas... Te habrás herniado...

Si quiere, hablamos del sueldo de miseria -aunque no sé hasta qué punto se le puede llamar así a no cobrar nada- y la sobreexplotación a la que me somete. Le advierto que hoy me he levantado con ganas de discutir y reivindicativa.

- Tengamos la fiesta en paz, condesita. Mueve el polisón y date prisa que los invitados están a punto de llegar. Venga... 

- Que bien se le da cortar el tema cuando no le interesa... luego dice Vd. de mí.

  Pero bueno, algo de razón no le falta, mis queridos lectoyentes. Así pues, abro de par en par las ventanas de mi casa, quito telarañas musicales y me dispongo a darles la bienvenida como se merecen,  un año más.






¡¡¡ OCHO AÑOS!!!

Este blog se he vuelto viejuno de pronto. Y seguir manteniéndolo -a duras penas- a lo largo de todo este tiempo, casi una heroicidad. La mayoría de las bitácoras han sido enterradas por las redes sociales: sic transit gloria mundi. Pero aquí seguimos; renqueando, pero seguimos. Y sí señor, octavo y en agosto. Y con igual majestuosidad que el mismísimo emperador de Roma -pues no le sobran a esta condesa ínfulas ni nada para compararse con quien haga falta...- 

Variaciones Goldberg cumple 8 largos, fructíferos en muchos sentidos y gratificantes años. Años en que ha habido de todo, como bien saben mis queridos lectores. Y como ya lo saben, no pienso repetirlo.

No obstante, sí que se merecen una explicación a tanto silencio. Como bloguera vuestra que soy, os debo una explicación y esa explicación que os debo os la voy a pagar. Que yo como bloguera vuestra que soy os debo una explicación y esa explicación que os debo...
¡Huy, no quería yo llevar las cosas por ahí..! Empecemos de nuevo.

Sé que raya en la sinvergonzonería haber escrito solo siete entradas en un año. Diré en mi descargo que es una cuestión de tiempo y de amor. Más bien de ausencia y presencia, respectivamente.

Y es que uno puede enamorarse fulminantemente a los cincuenta y muchos, se lo puedo asegurar. Y estoy en el momento más dulce y dedicándole a ese amor nuevo todo el tiempo del que dispongo y un poquito más si cabe. Y cuanto más me pide, más le doy porque me va en ello estar feliz y, a ratitos, hasta serlo. De modo que en él me sumerjo los días de diario y los fines de semana. Para intentar conocerlo mejor, para volcarme en él, para tratar de corresponderle en la medida de todo lo que me da. Hasta renuncio a parte de mis vacaciones por estar juntos. Hoy por hoy les puedo asegurar que pocas cosas no haría por él.
Y eso me quita tiempo para todo lo demás, esta bitácora incluida.

Lo bueno es que a mi flamante nuevo amante le gusta también mucho la música. De hecho, ha sido un disfrute poder hacerlos compatibles. En cierta medida, los dos tienen muchos más puntos en común de lo que pudiera parecer...

Sean pues indulgentes conmigo, dado que estoy segura de que son capaces de comprenderme.

Este amor nuevo ha venido para quedarse, de modo y manera que es probable  que mis ausencias de esta bitácora sean largas. Más de lo que yo quisiera. Pero, en la medida de lo posible, seguiré manteniendo abiertas las Variaciones por si a alguno de Vds. se les ocurre pasearse de vez en cuando por los dormidos salones y por reencontrarme a mí misma en ellas de tanto en tanto.

Pero ya está bien de palabras infladas y altisonantes. Es hora de que se sirvan las bebidas calientes o frías, espiritosas o directamente alcohólicas y los panecillos, los petits bouches salados y dulces, los minicroissants y los baklavas. De modo que pasen y siéntense donde les apetezca y acompáñenme en el cumpleaños de esta bitácora, celebrando que todos seguimos reuniéndonos, aunque sea con menos frecuencia.

Pero, sobre todo, tómense un  poquito de su tiempo  para escuchar la  música de  celebración que  hoy -con más razón que nunca puesto que son todo ochos- sonará en esta bitácora. Nada más y nada menos que Paquito Pedro Schubert nos hace los honores y siempre es un privilegio tenerle por aquí. Si es de la(s) mano(s) de Daniel Barenboim, miel sobre hojuelas.

Brinden también conmigo por ese amor consolidado y nuevo que me ha crecido, al que adoro y me doy.

E intenten ser todo lo felices que puedan. Aunque los otros no quieran, aunque no les dejen.


Schubert, F.P. (1797-1828) - Octeto en Fa mayor, D 803, op. post. 166. David Oistrakh, violín; Peter Bondarenko, violín; Mikhail Terian, viola; Sviatoslav Knushevitzky, cello; Joseph Gertovich, contrabajo; Vladimir Sorokon, clarinete; Joseph Stidel, fagot; Jacov Shapiro, trompa. Moscú, Noviembre 1955. Vía classical Vault 2



Schubert, F.P. (1797-1828) -  8 Impromptus (4 Impromptus D 935, op. 142 y 4 Impromptus D 899, op. 90). Daniel Barenboim, piano. Deutsche Grammophon, 1978. Ediciones del Prado, colección Concierto de Cámara, 1995