Un regalo de Sergio Astorga

domingo, 21 de octubre de 2012

Dalí, el cap Norfeu, un banco de salemas... y el viento





Cala de l'Almadrava. Roses. Girona. Septiembre 2012 (Paz .Juan)



Una de las múltiples ventajas de adoptar un lugar y hacerlo propio es que gracias a ello ganas -no sé si con derecho o no- un pasado no vivido.

Las Canyelles Grosses o l'Almadrava es,  en opinión de muchos y en la mía propia, la más bonita de  las calas de Roses. A pesar de las excesivas cicatrices blancas de ladrillo o cemento que se incrustan en las leves alturas que la cierran y protegen sigue siendo muy hermosa. Y tranquila, azul, profunda. Se la puede abarcar con unos cuantos pasos humedecidos, sosegados.
Situada entre el pequeño saliente que forman el faro y el castell de la Trinitat por un lado y la punta blindada de la Falconera por el otro, queda casi a resguardo de los peores embates de la tramontana que llegan desde el cap de Creus. El viento del norte la respeta y la limpia.

El primer y seguramente originario nombre proviene de los cañizales que sin duda existieron en ella. Y eran las Grosses, por oposición a les Petites, vecinas e inmediatamente anteriores. Pero casi nadie la llama así. Desde hace mucho tiempo se la conoce por ese segundo apelativo árabe y sonoro que nos da pistas seguras sobre el uso que le dieron los pescadores de la zona desde mediados del XVI hasta bien cumplida la primera mitad del XX. Y es que la forma de la playa era especialmente propicia a la pesca del atún según esa técnica.
Cuando desde el promontorio que la domina por el sur contemplamos el agua azul, transparente, tranquila, resulta difícil imaginar que durante cuatro largos siglos se volvió con frecuencia roja y encrespada. Que la supervivencia de hombres y atunes se decidía en esa rada en forma de herradura, entre redes, barcas y arpones. Eran uno u otro. No había términos medios.

Y a Dalí le fascinaban la lucha por la vida y la muerte. Por eso venía hasta ella a recordar las descripciones que su padre le hacía sobre lo visto por él de joven. A bosquejar con trazos rápidos la batalla. A pintar el triunfo de la segunda. Siempre la segunda. Por pura obsesión. Porque Brueghel o Millet le calaban los huesos. No en vano, Almadraba significa lugar donde se lucha.

De aquella fascinación surgió ese cuadro poderoso y terrible pintado durante dos largos veranos. Aquí mismo. Y en él volcó los ensueños que le provocaron los relatos paternos, lo vivido por él mismo en alguna ocasión siendo niño, los textos de Teilhard de Chardin o la contemplación de las visiones de las tablas flamencas en el Prado.
El azul cobalto del mar que se tiñe de rojo por la sangre de los atunes conlleva un renacimiento. La muerte de éstos alimentará a otros seres. Parece que el propio pintor se representó a sí mismo, desnudo y de espaldas como en un cuadro de Ucello o Mantegna, formando parte del rito feroz. Los colores se superponen y estallan sobre el lienzo: azul cobalto, verde, naranja, rojo, rojo anaranjado, amarillo, azul, azul verdoso, negro, gris...


La pesca del atún. Salvador Dalí. Óleo sobre lienzo. 304 por 404 cms. 1966/1967. Fundación Paul Ricard, Bundol. Francia. 1966-67.



Pero no solo venía hasta esta playa atraído por historias paternas. ¡Qué va! A Dalí le gustaban algunos de esos placeres inmediatos y primarios que provoca la vida del cuerpo y del ánimo.
Adoraba la charla y la comida que le brindaba el senyor Mercader en el hotel que se levanta precisamente sobre el pequeño promontorio que protege la cala y edificado al tiempo que él  construía su cuadro catártico.

Hoy, el yerno de Mercader, el senyor Subirós, regenta el mismo hotel, con los mismos muebles, espacios y cocinando de forma actualizada la misma comida que tanto le gustaba a  Dalí cuando venía a "renacer" -y no precisamente en sentido místico- en L'Almadrava.
Tiene el edificio una arquitectura de los años 60, en un lugar privilegiado y en voladizo, con las vistas más increíbles que puedan imaginarse y que abarcan todo el golfo de Roses. Hasta las islas Medes. De un lado, la cala tranquila. Del otro, el mar inmenso hasta donde la vista se atreve y llega. Sin cortapisas. Los ojos y el alma se vuelven azules al salir al espacio abierto y en alto.

Si como yo andan siempre ávidos de olas y sal hay algo que les recomiendo encarecidamente si acaso viajan por la zona.
Disfruten tranquilamente del agua y el sol por la mañana, coman temprano y acérquense, recién iniciada la tarde, al puerto de Roses para navegar a vela.
-¿Y quién es el guapo que tiene un velero? me dirán. Pues no hace falta ser patrón de yate o de laúd; háganme caso.

Para los que no tenemos barca propia, las de turistas nos pueden servir perfectamente. Después de todo también lo somos. Además, no resulta difícil abstraerse. Ni se preocupen por ello. En cuanto se hayan acodado en un lateral de la cubierta o bien parapetados detrás de la barandilla en la proa dejarán de ver extranjeras enrojecidas con pañoleta de colores y niños bulliciosos hablando raro. Cálense el sombrero, abran el alma al aire y naveguen. Si la sorpresa que les espera es el cap Norfeu para bañarse después en las aguas profundas de la baia de Jóncols y la tramontana esta vez se toma un respiro respetándolos (ni se imaginan lo arduo que se puede poner doblar el cabo teniendo el viento de popa, de proa o de costado), el viaje, tan corto y breve, se les puede quedar sin embargo en el haber para toda la vida.

Eso es, lo están haciendo muy bien. ¿Ven como no era tan complicado? A la ida, la horizontalidad que proporcionan el motor, las dos quillas y la poca gente que se aventura a embarcar en septiembre les permitirán pasear a sus anchas por esa cáscara estable y doble de fibra de vidrio, alegre y coloreada. Verán L'Almadrava desde otro punto de vista y los lugares reconocidos y los bunkeres amenazantes de la Falconera. Divisarán la rada protegida de la Montjoi y en ella, esa casa con arcos y recuerdos de amigos que trabajan con entusiasmo en transformarla. Y la pequeñez de la Pelosa.
Mientras tanto, la forma del Norfeu se habrá ido agrandando y llegarán a oler el tomillo y la genista que les llama desde tierra. 
Justo en la punta del cabo, la figura deliciosa de la gata -porque no sé si sabrán, pero si no se lo digo yo, que es una gatita y no un gato- del Norfeu les dirá que el lado norte es más abrupto y cortado a pico y guarda como un cofre del tesoro el agua oscura y limpísima de la Jóncols. 

No se queden ahí... ¡Venga! aprovechen que han fondeado para darse un baño increíble a la hora en que el sol de los membrillos acaricia y no quema. Aléjense un poco de la algarabía infantil y sumérjanse. El azul es tan oscuro y tan intenso a un tiempo que no verán más allá de dos metros pero será el azul más fantástico que hayan visto en mucho tiempo.  

Ahora viene lo mejor. Suban a cubierta de nuevo, dejen que el bañador se seque al aire -no conviene ir desnudos por aquello de que los padres de los retoños teutones no suelen entender esas licencias y se pondrían hechos unos nibelungos- y contemplen el espectáculo de 250 metros cuadrados de tela desplegándose soberbios. Ahora todo cambia. Los papás, las mamás, los niños se van callando despacio. Y cuando aparece de nuevo y a contraluz la punta de la gata no verán Vds. más que el sol y el mar delante. Y el batir levísimo de las olas en las quillas. Y el viento suave contra la lona de las velas. No habrá más ruido que el del agua y el viento. Y el de su ánimo que se esponja y rie abiertamente. 
Cuando una hora y media más tarde salten a tierra serán Vds. más o menos los mismos. Solo más o menos. Ya me entienden.

¿Qué tal han llegado a estas alturas del texto? ¿Se les ha hecho muy largo..? Tranquilos, que ya solo quedan un par de batallitas.

Y es que lo que viene a continuación tengo que contárselo a mis lectoyentes, si no reviento.  Lo lamento por Vds. pero es que de un par de años a esta parte he descubierto lo fantástico que es bucear y por fuerza tengo que cantarles sus excelencias, beneficios y placeres.

Sí, señor. Así, malamente y con torpeza. Pero bucear.

Como a partir de cierta edad a esta condesa le ha empezado a dar lo mismo ocho que ochenta y ha perdido por completo el sentido del ridículo -siempre que con ello no haga daño a nadie y gane en cambio el disfrute de aquello que le gusta, la anima, le divierte o da placer-,  pues en cuanto llega a la cala el primer día se coloca el sucedáneo de neopreno, se calza las aletas, se coloca en cabeza, ojos y nariz un artilugio chillón que le permite fotografiar y filmar todo aquello con lo que se topa,  abarca con firmeza la boquilla del tubo y  se lanza a las procelosas aguas del océano sin importarle un rábano lo que digan de ella. Debo decirles en honor a la verdad que si en ese momento le preguntaran al señor conde que qué opina de la guisa de su ilustre cónyuge,  el susodicho juraría hasta tres veces no conocer a la mencionada condesa absolutamente de nada.

La contrapartida es un agua limpia como pocas, una colonia soberbia de posidonias y alguna que otra sorpresa en forma de peces, de mayor o menor tamaño. Poco importará después que la cámara no haya grabado lo que debiera o que en su afán por sumergirse y tapar de forma conveniente el tubo haya movido la cabezota a diestro y siniestro, a tontas y a locas, volviendo un poco tarumbas a los que se atrevan a ver el resultado de sus investigaciones submarinas.
¡Ah!,  ¿que van a ser valientes y atreverse? Pues no les arriendo las ganancias. Porque he de añadir que hasta que aprenda a editar en ciertos formatos de imagen raritos y por tanto a cortar, van a tener que tragarse, mis queridos amigos, todo lo filmado. Y les aseguro que diez minutos de peces son muchos minutos. Aquí y en la Cochinchina.

Eso sí, siempre podrán cerrar los ojos y dedicarse a disfrutar de la música que enriquece la filmación, que está enterita y sin vaivenes ni giros acrobáticos.





(Se puede ver en HD y a lo grande)


Antes de partir, la visita de un amigo desde Barcelona me trae, junto a una maravillosa mermelada natural de naranja amarga que todavía huele a azahar y un botecito de oro del Senegal en crema, su compañía, la charla tranquila delante de un té, la ilusión por los nuevos tiempos. La tranquilidad en forma de paseo. El abrazo. 
Moltes, moltes gràcies, Miquel. Un petó ben fort. 










¿Que por qué les he contado todo esto? Pues porque L'Almadrava es mi refugio. Y mientras pueda allí seguiré -seguiremos- yendo cada año. Para descansar, para curar, para reir abiertamente, para sentir el renacer daliniano empujando con fuerza por la espalda. Siempre hacia delante. Siempre protegido por la tramontana. En cada uno de sus rincones. Allí donde navego, leo, escucho, buceo o nado. El lugar en el que me gusta sentarme a bordar mientras los demás duermen la siesta o disfrutan de la piscina. La ventana abierta al azul como un regalo. Y el viento que gira en remolinos poderosos y se lleva las nubes pegajosas y la boira. Y con ellas, la melancolía, la impaciencia. El dolor.

Quizá entonces entiendan mejor el porqué de la mezcla de imágenes que les traigo. Todas y cada una de ellas representan algo importante, vivido, precioso. Y la música modernista las engarza y amalgama.

Porque cada año, cuando llega la hora del regreso, reúno lo vivido como un tesoro especialísimo, personal y pequeño y me lo traigo a Madrid. Conmigo. Bien cerca y pegado al cuerpo. Como un talismán favorecedor de la risa y la alegría. Como un amuleto contra los contratiempos, la mala baba ajena, la tristeza o los días de lluvia.


Son libres de ver o no el montaje. Es sano desnudarse de tanto en tanto y esto es lo más cercano a la desnudez de que soy capaz. En todo caso, cierren los ojos y escuchen. La música huele a verano. A aire y tiempo libre. A descanso. A estar bien.

Y, como siempre, pongan empeño en ser felices. Cuesta, pero vale la pena.

Buenas noches.





(Se puede ver en HD y a lo grande)

jueves, 4 de octubre de 2012

Glenn Gould, 30 años después




- Vaya, vaya... 5 semanas largas sin aparecer por este "su" blog y la señora condesa, en lugar de hacernos un relato nada sucinto -como siempre- de sus vacaciones o sobre los últimos conciertos a los que ha asistido, va y nos trae un panegírico... 
Pues sí que estamos bien, mi ilustre aristócrata...

- Mi "querida" administradora, tengamos la rentrée en paz. Si no he escrito nada durante ese intervalo ha sido, precisamente y como muy bien Vd. ha dicho, porque he dedicado una parte de dicho tiempo -y no la mayor- no sé si a unas merecidas, pero desde luego sí a unas necesarias vacaciones.  Las restantes semanas se me han ido en asuntos personales que a Vd. ni le conciernen ni le incumben y en pelearme con el nuevo editor de vídeos y el nuevo sistema operativo, justamente para poder aportarles la información gráfica pertinente que ilustrara e hiciera más llevadera mi crónica septembril.
Dejémoslo pues aquí y no me toque el apéndice nasal, no vaya a ser que,  por lo mosqueada que estoy con la situación socio-político-económica actual,  me plante y la deje a Vd. más colgada que un mono en liana floja. Ya veríamos a ver entonces si encontraba Vd. a otra tonta, por muy condesa que fuera, que le mantuviese abierto y más o menos activo el blog. 
Procure no olvidarlo para sucesivas ocasiones en que le venga de nuevo la tentación de bromitas y sarcasmos.

Ahora, con su permiso, voy a dedicarme al motivo de esta entrada. Le agradecería por tanto que me dejase concentrarme SOLA en el texto que quiero escribir.

Graaaaaciaaaaasssssssss...







Hace apenas unos días habría cumplido 80 años. Hoy hace 30 exactos de su muerte.

No crean que tenía en mente la fecha. Me ha ayudado a recordarla esta mañana una amiga -no solo blogosférica- en su  Facebook. Pero la efeméride me sirve de excusa perfecta para hablar de y sobre Glenn Gould. Y me apetece hacerlo exactamente hoy, aunque tarde, porque para mí los aniversarios son importantes. Los números redondos, también. Y treinta redondos años sin él se merecen el recuerdo, aunque tenga que saltar por encima de otros temas o relatos.

Su forma de interpretar a Bach me cambió, en gran medida, la forma de escuchar y de acercarme a la música del "Viejo Peluca". Le debo mucho personalmente. Lo respeto, lo admiro desde hace mucho tiempo. Compro cualquier grabación suya con la que felizmente me tropiezo o cualquier película, documental o libro que hable sobre su vida personal y artística con que me topo. Siento por él casi, casi adoración.

Deprisa y corriendo pues, esbozo una entrada por fuerza breve, amén de poco o nada documentada. No trato de disculparme pero evidentemente no va a ser el post que, desde mi punto de vista, se merece  aunque también es bien cierto que su trabajo y él mismo han aparecido con frecuencia en las Variaciones -tengan éstas el número que tengan-.  Seguramente debería haberle dedicado más esfuerzo, más lectura, más interés pero esta vez la calidad le cede el paso al recordatorio y claramente me es más importante el segundo que la primera.

Aquí va pues esta apresurada, pequeña  e imperfecta semblanza. Porque sí, por merecida y porque me apetece. ¿No les parecen motivos más que suficientes?

Juzguen pues benévolamente lo que no pretende ser más que un sencillo, personal y nada docto homenaje a uno de los pianistas más brillantes que yo he escuchado nunca. Doctores tiene la crítica y el arte musical para decidir si le cabe o no el honor de estar entre los grandes. Para mí, lo es cum laude.



Extravagante, polémico, admirado y denostado a partes iguales por el gran público y la crítica. Personalísimo, controvertido y siempre genial. Perfeccionista hasta lo patológico, preocupado casi obsesivamente por todas aquellas técnicas que iban surgiendo y que permitían que el sonido de lo que interpretaba llegase casi en estado puro a los oídos de sus oyentes tanto en directo como en disco.

Según voy enlazando ideas y palabras me acuerdo del título magnífico de un post que nunca llegó a ser, a cargo de otro amigo bien querido y que estaba dedicado al pianista canadiense: "No sin mi silla". Él define magistralmente y con un soberbio sentido del humor el espíritu, el carácter, las rarezas, la genialidad de quien nos ocupa. Confío aún en llegar a verlo publicado algún día. Me lo debes, Alucinao.

Cuando se encontraba en el cenit de su carrera y con apenas 32 años de edad, decidió de forma irrevocable no volver a dar un concierto en directo. Le aburría profundamente el hecho de recorrer el mundo de acá para allá sin, según él, dar ni recibir realmente nada a cambio. Consideraba que podía aportar mucho más desde un estudio de grabación. Y a ello se dedicó en cuerpo y alma. Si han tenido Vds. la oportunidad de ver alguno de los films que Bruno Monsaingeon creó sobre él  -por ejemplo "El Alquimista"- podrán hacerse una idea clara y precisa de lo que les digo. Dotado de unas facultades increíbles para la música y de una brillantez y rapidez de ideas y reflejos nada corrientes, aparece en la película como alguien de carácter difícil y excepcional a un tiempo. Encantador en ocasiones, fascinado por la sola idea de conseguir más color en la interpretación. Raro, espléndido, único. Seguramente como defienden algunos de sus biógrafos era un "Asperger de libro".  Encaramado al teclado del piano, casi como un periquito colgado de su percha, sentado en aquella desvencijada silla de patas extraordinariamente cortas, descalzo, canturreando al tiempo que sus dedos parecían literalmente sobrevolar las teclas con una facilidad asombrosa...  "Lo que ocurre entre mi mano izquierda y mi mano derecha es un asunto privado que no le importa a nadie" llegaría a responderle al periodista Jonathan Cott cuando éste le preguntó acerca de la extraña postura fetal que adoptaba al piano.




Era sencillamente Glenn Gould. 

No solo interpretó a Bach pero seguramente será fundamentalmente por sus interpretaciones del de Leipzig por lo que será recordado siempre. Para los entendidos de mediados de los años cincuenta del pasado siglo su forma de entender, revivir, interpretar su música supuso una transgresión total de la tradición pianística en la ejecución de las obras del padre de la música barroca y moderna. Sus versiones, especialmente la primera Variaciones Goldberg de referencia, la de 1955, representaban un alejamiento radical de la forma de hacerlo hasta entonces a cargo de algunos de los grandes pianistas. Libre de artificios y añadidos románticos, las grabaciones y directos de Gould aparecían ante los ojos y oídos atónicos de quienes contemplaban y escuchaban con la revolucionaria desnudez a la que ahora estamos tan habituados. La música de Bach en su esqueleto, sin oropeles ni encajes o bordados artificiales. Seguramente mucho más cerca de cómo la concibió el cantor de Santo Tomás.

Y esa desnudez cautivó y arrasó.  Pero el estrambótico y extravagante intérprete, adicto a las drogas y en buena medida misántropo, se encontraba más a gusto encerrado a solas en un estudio de grabación que recorriendo el mundo y asombrando al público. Así lo quiso y así lo hizo.

No puedo terminar esta semblanza de Gould sin hacer una parada obligatoria en las Variaciones Goldberg. Porque son una referencia absoluta desde hace casi sesenta años. Porque cambiaron radicalmente y para generaciones futuras la manera de interpretar esta pieza soberbia.  Y porque, no en vano, este blog se llama como se llama.

Tengo una amiga, muy muy entendida -y de verdad- en música, a quien irritan profundamente las versiones que Gould hizo de la música bachiana. Literalmente no lo soporta. Y no crean que es la única. Pero, hoy por hoy, si esta pieza es mundialmente y justamente famosa es, en buena medida, porque la interpretación que de ellas hizo el canadiense marcó definitivamente un antes y un después. Generaciones sucesivas de aprendices y jóvenes pianistas la han tomado como modelo de ejecución.

Y tanto le marcaron también a Gould las Goldberg que decidió grabarlas dos veces, cosa nada habitual en él.

Los entendidos consideran, en general, que la primera versión, la de 1955, es preferible a la de 1981. Técnicamente es más perfecta, más revolucionaria, rompedora. Mejor.

J.S. Bach (1684-1750) Klavierübung, Teil IV: Aria mit verschiedenen Veränderungen vors Clavicembal mit 2 Manualen. Goldberg Variationen. (Ejercicios para piano, parte IV: Aria con diversas variaciones para clave, con 2 teclados. Variaciones Goldberg. BWV 988. Glenn Gould, piano. Grabación de estudio en Nueva York, 1955. Remasterizada y redigitalizada. Sony (de los archivos de CBS 1956), 1992.



Mi opinión poco importa al lado de la de ellos y les diré que durante muchísimos años preferí la primera a la segunda. Hoy, sin embargo, no las considero ni mucho menos excluyentes. Hace tiempo que pienso que no hay por qué establecer comparaciones entre una y otra. Y confesaré que cada vez me gusta más esa segunda versión, "más moderada" de 1981. Seguramente Vds. opinaran diferente de lo que aquí indico y lo harán con el mismo derecho e igual o mayor conocimiento que yo. Pero tengo que decirles que, cuanto más escucho esa segunda grabación, más la disfruto. En primer lugar -pero no es el motivo ni mucho menos más importante- porque puedo verle y no solo oírle pero, sobre todo, por lo que tiene de distinta a la primera.

Siempre tengo la sensación al escucharlas de que la primera representa la vitalidad, el ímpetu, las ganas de cambiar el mundo y de comérselo, de ponerlo todo patas arriba. Es la energía, la vida. La segunda siempre me ha parecido, evidentemente mucho más lenta, más reposada, más serena. Pero también más triste. Nadie puede quitarme de la cabeza cada vez que la oigo que es la interpretación de quien ha vivido más, de quien se toma las cosas con más calma, pero también es una versión, siempre desde mi exclusivo punto de vista, mucho más triste, más apagada, más oscura. Seguramente es una soberana estupidez lo que voy a decir pero siempre he pensado que en esta interpretación cerrada, íntima, arcana, Gould presentía en cierto modo su propia muerte. Ahí queda dicha pues la boutade.

Y por esa razón precisamente se la traigo hoy. Enterita y sin cortes ni intermedios. Para que la disfruten con los ojos y las orejillas que se les ha dado, si tienen a bien hacerlo. Porque es una maravilla verlo y oírlo. Porque sí.





Pero si todavía se han quedado con ganas... les traigo una tercera versión.

No, no fue grabada en estudio, sino en directo. Concretamente en el Mozarteum de Salzburgo, en 1959, 4 años después de la mítica primera grabación. Aun siendo las Goldberg, es un documento al que rara vez se alude y su registro no apareció de forma autorizada hasta 1993. La versión, evidentemente, está en mono y la técnica y las condiciones con que se registró presentan una clara imperfección sonora.

No importa. Intenten escucharla con la mente y los oídos perfectamente abiertos y, luego, si les apetece, díganme sin rubor qué les ha parecido. Si les gustó más que la de 1955 o la de 1981. Si a pesar de sus imperfecciones, tiene el encanto del directo o si, por el contrario, tuvo razón en abandonar el circuito de los grandes intérpretes, poco tiempo después, porque no se encontraba a gusto y pensaba con razón que ya no tenía nada que aportar.

En todo caso, es un documento que me apetecía compartir con todos mis lectoyentes.


J.S. Bach (1684-1750) Klavierübung, Teil IV: Aria mit verschiedenen Veränderungen vors Clavicembal mit 2 Manualen. Goldberg Variationen. (Ejercicios para piano, parte IV: Aria con diversas variaciones para clave, con 2 teclados. Variaciones Goldberg. BWV 988. Glenn Gould, piano. Grabación realizada en directo y en mono en el Mozarteum de Salzburgo, el 25 de agosto de 1959. Sony (de los archivos de CBS), 1993.





Bien, como siempre, no resultó tan breve la cosa. Tómenlo como lo que es y traten con generosidad lo que no ha pretendido ser más que un retrato,  parcial por conocimientos y muy a pesar mío, y poco objetivo bien a propósito.

Y mientras la crónica de ese septiembre sanador llega, háganme el favor de "tener cuidado ahí fuera", que corren malos tiempos para casi todo pero hay que estar ahí, precisamente fuera, por muchas razones, que motivos nos sobran.

Y no se olviden tampoco de intentar ser felices, que lo cortés no quita lo valiente.

Buenas noches.





viernes, 31 de agosto de 2012

Tramuntana blava




J. Sorolla (1863-1923). Paseo a orillas del mar. Óleo sobre lienzo. 1909. Madrid, Museo Sorolla. 





Azul. De un azul tan profundo como solo allí sabe ser profunda la naturaleza y su gente.
Nítida. Tan arrolladoramente transparente que a su paso va contagiando de limpidez cuanto toca.
Brava. Con la fuerza imponente que le da ser el más poderoso de los vientos.



Así es la Tramuntana.
Y así es la tierra que la engendra y la gesta y le da el ser.
Y azul, nítido, bravo es L'Alt Empordà, l'altra meva terra.



Porque ya no podemos prescindir de la una ni del otro. Ni del sol  y la sal. Ni del agua.
Porque cuando salimos de la autopista y enfilamos el camino a Roses, sabemos que estamos llegando a casa.



Y reconocemos los profundos aromas de la tierra y el viento profundos. Y el salitre que se pega hasta llegar al fondo de la piel. Y la retina que se oscurece llenándose de luz azul, nítida, profunda, brava. Y los sonidos que provoca el viento en las encinas según nos acercamos a la línea de la costa. Y el sabor agrio y limpio del aire que se nos cuela paladar abajo.



Amo esta tierra como a pocas personas he amado. Porque es mi punto de anclaje. Porque en esa cala profunda, brava, azul puedo refugiarme y descansar. Porque allí nada malo nos sucede y a ella acudimos siempre para recuperarnos y cerrar heridas.



Y el viento profundo y azul y nítido y bravo nos acoge, nos acuna, nos cura. El cuerpo y el alma.  Que nadie como él, que tiene nombre de mujer, que nace del norte y empuja y avasalla sabe cicatrizar el dolor de hospitales todavía abierto.  El del alma. El del cuerpo.
Y el agua inmensa, transparente hasta cegar los ojos, de un azul turquesa limpiamente profundo nos deja entrar en ella, profanarla. Nos acuna, nos cura, nos acoge.



Cada vez que septiembre dobla el cap Norfeu nosotros acudimos fieles a la cita. Como si de ascender a un santuario se tratara. Con la fe ciega del que no cree más que en la bondad del agua y de la tierra y del viento.



Y es entonces cuando desiertos o estepas o tundras de julio, junio, mayo, abril, marzo, febrero... comienzan a desvanecerse al conjuro de la naturaleza azul, brava, limpia, profunda. Ya no existen, no son. Pasaron, fueron solamente.



Volveré con el alma limpia, azul, brava, profunda. Acunada, acogida, curada.
Para empezar de nuevo. Sin olvidar cuáles son mis raíces. Las heredadas y las libremente elegidas.
Y el amor por ellas... Limpio, profundo, bravo...


... Azul.




Mercedes Sosa (canta María Eugenia Fernández)  - ¡Ay, este azul!




J.M. Serrat - Mediterráneo



M. Pol - Ll. Llach - Et deixo un pont de mar blava (trad.) 
Ll. Llach - Arran de terra (trad.)






[Discúlpenme porque no habrá contestación a los posibles comentarios de esta entrada. Mañana nos vamos. Por fin. Sean todo lo felices que puedan y vigílenme el patio que ése y sus amigos son capaces de arruinarlo todavía más].


martes, 28 de agosto de 2012

Valladolid: luz y espacio





Valladolid. Santa María la Antigua





Llego a la ciudad muy temprano medio dormidas ella y yo todavía. Agradezco profundamente los 18 grados de temperatura con que me recibe después de una noche de calor en Madrid en que dormir se convirtió en imposible. Es curioso que Valladolid siempre sea amable conmigo en ese sentido.

Sobre la marcha y sin venir a cuento cambio de itinerario y, en lugar de caminar hacia el parque, tomo la calle Gamazo. Aquel café, no excesivamente limpio y de dependiente arisco pero al que tanto me gustaba ir ha cerrado definitivamente. Su esqueleto sucio de madera enmarcando los cristales tapados con papel de periódico me demuestra una vez más que todo, antes o después, acaba muriendo. Πaντa ρεῖ. Nada permanece.

Conecto los auriculares al reproductor. Suenan las 6 suites para cello de Juan Sebastian Bach. La ciudad me envuelve y me regala.

Definitivamente mi rumbo, que parece haber adquirido vida propia sin que mi mente le ponga demasiados obstáculos, camina ahora por otros derroteros. Hace un día demasiado hermoso para desgranarlo en interiores, con lo que el proyecto de fotografiar el museo Fabio Nelli se borra sin el menor remordimiento de mi cabeza.

Entro en la plaza de España al tiempo que dan las campanadas de las nueve. Me salen al encuentro los olores de flores, frutas y verduras. Y las flores huelen y la fruta huele y la verdura huele. El mercado al aire libre hace que mire con otros ojos esa plaza que siempre me pareció destartalada y grande en exceso.
Definitivamente hoy no va a ser un día de encerrarme entre cuatro paredes a escudriñar objetos prehistóricos o cuadros barrocos. Voy atravesando con calma varias calles nada concurridas y me salen al encuentro, como duendes, unos libros primorosamente colocados en estanterías. Se dejan ver tranquilos y orgullosos a través de la ventana -casi escaparate- de una fachada en la que un letrero canta alegre más que reza: "Biblioteca Municipal Infantil". A pesar de ser un día de trabajo hay tanto silencio en la calle que escucho mis pasos golpear tranquilamente y con ritmo.

Por fin y al volver de una esquina, lo que hay más allá no por conocido me impresiona menos. El colegio de Santa Cruz es, casi con toda seguridad, la primera construcción netamente renacentista que se hizo en España. Siento especial predilección por él, por motivos académicos y personales. Porque fue cronológicamente el segundo edificio de una tesis doctoral de título pomposo y rimbombante que nunca llegó a ser y porque me hace viajar a una época dulce en que la Universidad y algunos profesores y compañeros me mantenían despierta, curiosa y muy viva.

Hace cuatro años que intento verlo al completo después de su restauración y hoy -en que nada puede salir mal- finalmente lo consigo. Está abierto y vacío. Silencioso y recién estrenado.
La antorcha krausiana me había avisado hace ya un par de años de que lo habían blanqueado demasiado. Yo no sé qué pasa últimamente con las restauraciones arquitectónicas en este país. Salvo honrosas excepciones, a los edificios se les arranca la suciedad de tal manera que en su excesiva desnudez parecen huérfanos e indefensos y desde luego mucho más modernos de lo que son.
Pero pronto sus medidas, su limpieza de líneas y de construcción, su ausencia prácticamente total de adornos se superponen a la palidez de los muros, de la piedra. Los arcos de medio punto, elegantes y equilibrados contribuyen a la calma y el sosiego. El aire y la claridad del día lo tornean suavemente. Las sombras, sin embargo, empiezan a caer violentas, en contraste y cascada por la arcada alta. El escudo de los Mendoza campea a sus anchas por todas partes.
Una puertecilla me conduce a otro patio que no conocía. Castaños de Indias, prunos y rosales regalan un marco verde al edificio de fachada muy hermosa, que lo centra y ordena. Los nenúfares de un estanque pequeño, aupándose apenas desde el borde del agua, intentan darles la réplica.

Una de las pocas ventajas que comporta el cumplir años es que aprendes que la prisa no solo no es necesaria, sino que se vuelve perfectamente prescindible. Lo que se pierde en energía se gana en tiempo. No hay mal que por bien no venga.
No, no voy a encerrarme en un interior tabicado en lo que me queda de jornada. Tiempo habrá en invierno de fotografiar y mirar. Ahora el cuerpo y el alma me piden luz, aire, espacio construido pero en movimiento, domesticado por la piedra pero nunca sometido.

Camino muy despacito por una Pucela vacía y amable. La fachada de la Universidad queda a mi izquierda cuando cruzo hacia la seo y Santa María la Antigua. Me desvío una pizca y entro en la Catedral, en ese proyecto frustrado de Juan de Herrera. Caótica, deslavazada y también limpia en exceso pero con ese soplo del arquitecto escurialense que lo hace único y genial. Salgo de ella y poco a poco voy bordeando su perímetro hasta llegar a la parte trasera. Restos de edificaciones góticas, cistercienses y románicas dan de repente sentido a la colosal mole herreriana.

Al otro lado de la plaza, Santa María me niega su acceso contradiciendo el horario de culto del letrero en su fachada. Es igual. El exterior ofrece multitud de elementos por los que el sol, ya alto y con fuerza trepa, dibuja y da forma. El tejado de la torre, piramidal y levemente en relieve, heredero esbelto y digno de las cúpulas gallonadas de Salamanca, Zamora o Toro. Las líneas de imposta de taqueado jaqués. Los arcos que rasgan la torre. La altivez del campanario. Las hermosas proporciones de la fachada sur... Todo, todo en Santa María es espacio abierto por donde la luz resbala afanosa modelando.

Si no se han dejado llevar nunca en una ciudad por el GPS, prueben a conectar la próxima vez el de su móvil. Es divertido y lleno de sorpresas seguir una línea en la pantalla del teléfono. Uno camina y, al tiempo, se reconoce divertido en esa bolita azul que irradia círculos y que dice que es Vd. y no otro quien por allí pasa. Y está. Y es.

Después de mi renuncia voluntaria, definitiva y ya sin remedio al Museo de Valladolid, me encamino despacito al Patio Herreriano. Pero desoyendo la línea que marca mi guía móvil, a propósito giro por otra calle, atraída por un aroma delicioso a pastelitos y bollos recién horneados y por la vista del pórtico inmenso y subyugador de San Benito. Nunca he podido ver su interior. Y me atrae la oscuridad de sus pilares como un abismo fresco y franqueable. 

Al entrar vuelvo a sentir el volumen encerrado del aire entre la piedra de una forma directa y arrolladora. El coro, que deduzco tardogótico, deja paso a un inmenso espacio, así en minúsculas y libre. Me quedo sentada un buen rato, sin más, con la cámara agazapada en el regazo como un gato tranquilo y en reposo aparente. Más tarde vendrá el aprehender las bóvedas, los capiteles, las esculturas con el objetivo. Ahora no, ahora es el momento de dejarse llevar y abarcar. La Piedad del lado de la epístola está llamando en su susurro apenas audible. Su rostro, sus manos, el hijo muerto en brazos se imponen sobre su compañero de ábside, envuelto en dignidad y piel de eremita.
Y  las aristas y ojivas, los poderosos pilares, las bóvedas doradas acuden al rescate, celosos de la atención dedicada a la imagen.

Y allí dentro, lo que hasta ese momento era una intuición estalla. He mantenido siempre con esta ciudad hermosa y viva una relación especial, diferente, no siempre fácil. Valladolid hoy, como nunca antes, se convierte en una ciudad de aire, luz y espacios abiertos. Hoy más que nunca la piedra habla, resucita, vuelve a ser la que fue. Como un láser delicado y firme hace desaparecer cicatrices y se abre luminosa en contrastes feroces de sombra y sol. 

Salgo mucho más despacio todavía de lo que entré y bordeo el monasterio para entrar, ahora sí, en el Patio Herreriano pero con nuevas intenciones. No puedo dedicarme hoy a objetos, a cuadros, a esculturas. La luz se impone con demasiada fuerza. Hoy las piedras reclaman atención y me llaman de forma suave pero imperiosa. Y yo estoy abierta de espíritu, mente y cuerpo a esa llamada. 


Valladolid. Patio Herreriano



Caprichoso, el reproductor de música me entrega por sorpresa las Variaciones Goldberg tocadas por Gould.  Son las once  y cuarto de la mañana. Bach ilumina definitivamente el día. 

El patio central del vecino convento es una hermosa caja de luz azul y amarilla sobre el blanco apenas desdibujado del granito. Y en él, una profunda llaga abierta en forma de escultura de Juan Carlos y Sofía. Porque esa pieza rompe la razón de ser del patio como cruce de caminos, como punto de encuentro. Irremediablemente los puntos de fuga se pervierten. Se disuelven las fuerzas centrípeta y centrífuga y el espacio deviene huérfano de sentido.

Entro en la capilla de los condes de Fuensaldaña. La oscuridad es total salvo a ras de suelo, en que el árbol luminoso de Canogar presta contraste a los restos antiguos de una edificación a medio camino entre la historia y la nada. Un espacio demolido por el tiempo y bien restaurado. A la salida, el sol hiere. Y es hermoso y vale la pena el dolor en los ojos. 
Avanzo esta vez un poco más y el patio de novicios me sorprende volviendo a llenar de luz la sombra profunda y pertinaz de ese pozo cerrado, oscuro y moldeado que era el recinto religioso. 

Me encamino a la escalera y en el segundo piso una bedel obsequiosa y algo insistente se empeña en dirigirme hacia las salas. Con amabilidad intento que comprenda que no, que yo solo quiero acceder al segundo piso del patio desnudo de adornos, limpio de líneas, cuajado de aire, cortado a cuchillo por sombras definidas y duras.  No acaba de entenderlo pero me deja hacer. 
No quiero hablar demasiado con nadie. Quiero que me dure el sabor, al subir el último tramo de escalones, de una nueva perspectiva en fuga disparada y nueva. Desde lo alto,  la masa -de nuevo en exceso blanqueada- de la iglesia que encierra el Archivo sirve de telón de fondo teatral, luminoso y cambiante de sombras al jardincito que da acceso al museo. Los ojos se detienen, las manos buscan el clic preciso de la cámara. El alma encuentra.

El patio alto apabulla por la claridad. Y por el calor que provocan los cristales que cierran los espacios abiertos. La contrapartida bien hermosa está en el reflejo de la piedra sobre la piedra. Y sobre el vacío que llena los volúmenes apenas ondulados. Ventanas a la luz y a las formas. Sombras oblicuas, derramadas sobre el suelo pulido y limpio. Como espadas que cortan el aire iluminado y le dan brillo y fuerza.

Nada rompe la magia de lo vivido en esa mañana cuando desciendo tranquila hacia la Rinconada.  Me detengo un rato a mirar los colosos de la fuente en su imposible empeño por contener, comprimir,  reforzar. La ciudad ahora bulle, late, se mueve con soltura y ruido. 

Enseguida y a través de una calle minúscula desemboco en el espacio abierto por antonomasia de una  ciudad, de la ciudad, de esta ciudad. 

Cuadrada, sobria, hermosa. Roja. El viejo conde Ansúrez me guiña el ojo desde el centro. El espacio y la luz me envuelven de nuevo. Y yo me descubro ante esta ciudad clara y renovada, que es capaz de abrirse y darse sin pedir a cambio más que el mínimo esfuerzo de caminarla. Plazas e interiores vertiginosos o amables, inconfundibles o escondidos. Nunca como hoy una ciudad me ha enseñado que Heráclito, quizá, anduviera equivocado. Quizá no todo fluye. O quizá es que su belleza, a un tiempo, fluye y permanece. 

Apago y guardo la cámara por hoy. Me siento en el Continental y espero. 

A partir de ahora, la piedra y la forma, los volúmenes y las sombras le cederán el espacio a las personas. El mediodía y la tarde prometen transcurrir en la compañía amable y protectora  de nuevos y viejos y queridos amigos. Y con ellos vendrán de la mano un aperitivo, la comida, la charla, la risa, el compartir, el paseo de vuelta. La estación envuelta en gente y voces. 

El regreso. 



Valladolid: luz y espacio from Blogfreia on Vimeo. A pantalla completa quizá lo disfruten más. 


lunes, 20 de agosto de 2012

La danza de las horas












Llegaron finalmente.

           



         Y lo hicieron bailando.

                    Digamos que su editor las mimó hasta que estuvieron preparadas.

                                                                              Por eso se retrasaron un poquito. 




                Pero están tan bonitas que mereció la pena esperar. 




Horas rotundas y limpias de corpiño rojo y negro sobre un tutú blanco inmaculado. Su vestido es simple y hermoso a un tiempo. Piden permiso para entrar educadas y con mimo, pero sin timideces. Por fin salieron a escena y están dispuestas no solo a ser meras figurantes del cuerpo de baile sino a convertirse en la prima ballerina. Todavía en reposo ya nos parecen pertinaces y valientes. Sus piernas, de trazos poderosos y elegantes y en quatrième position, les hacen mostrar su cuerpo a la vez coqueto y flexible. El torso bien perpendicular, los brazos relajados, con la tensión justa y necesaria, hacen pequeños ejercicios de estiramiento, grands pliés et relevés, en espera de que la música comience. 

Suavemente, se yerguen sobre sus zapatillas plateadas para iniciar un majestuoso arabesque et...


...Voilà, c'est la Poésie qui lève les pointes de leurs doigts en dessinant une harmonie vive et pétillante..!


C'est la Danse elle-même qui éclate... et murmure... et va..!



Abrácenlas con la mirada mientras vuelan sobre el escenario porque no van a poder seguirlas de otro modo. Son gráciles pero en absoluto huecas. La elasticidad de sus movimientos señala inequívocamente a quién pertenecen.  Su equilibrio delata que forman parte de un mecanismo orgánico casi perfecto.
Las extremidades fuertes y valerosas dan alas a un tronco denso, perfectamente torneado y construido.  Esbelto y potente. Con la musculatura justa y en total ausencia de grasa. Es etéreo y vigoroso. Delicado y profundo. De una naturalidad asombrosa y sin artificios pero con la fuerza suficiente para subir o descender, girar sobre si mismo en fouettés imposibles, esperando un postrero pas de deux que las merezca...



... Hasta posarse con levedad sobre el suelo de la escena en  un armonioso ballonné final.











A.Ponchielli (1834-1886). La danza delle ore (La danza de las horas). Ballet de su ópera La Gioconda, 1876.
    1) [Arreglos de Bates]. Sinfónica de Londres. Robert Irving, director. EMI, 1961
    2) [Arreglos para noneto de viento, de Tarkmann] Ensemble Villa Musica. DG Gold, 2010.





martes, 14 de agosto de 2012

El Bosco de Lisboa




DEDICATORIAS

A Fernando Marías Franco e Isidro G. Bango Torviso, grandes conocedores de El Bosco, porque ellos me enseñaron pacientemente lo poquito que sé sobre el flamenco. Con mi admiración, mi respeto, mi afecto.

A Josep Soler i Sardà, por su música. Porque es uno de los grandes. Con mi respeto y admiración.

A Diego Fernández Magdaleno (*), porque sus interpretaciones nos hacen a todos un poquito mejores. Por su generosidad y bonhomía, más allá de admirarlo y respetarlo profundamente. Con mi afecto y mi cariño.







Sí señores, hoy toca entrada sinestésica... ¡Ah, se siente! pero hace ya mucho que no les doy la lata con una de ellas. "Eso no es cierto" argüirán cargados de razón. Bueeeeno... sí pero no. Porque lo cierto es que con Britten sí la hubo pero se la trajo el compositor de serie. Yo nada mezclé ni tuve que ver con el cocinado de modo que a los efectos "blogocósicos" no cuenta. 

Y es un "ensemble" con el que me siento personalmente muy a gusto. Las fotos fueron tomadas por mí el invierno pasado en Lisboa (jejeje, hacía mucho que no salía algún juego de palabras tonto de la condesa). Concretamente en el Museu de Arte Antiga de esa ciudad que quiero tanto. Todas ellas pertenecen a Las Tentaciones de San Antonio de El Bosco. Parece que ¡por fin! hace unos 15 días tuve el tiempo suficiente de sentarme a seleccionarlas y darles un orden mínimamente coherente. Y según las iba pasando, escudriñando, viendo en detalle, la música de Josep Soler vino sola. Porque es hermosa, porque es -en ocasiones y a mi modesto sentir-  una composición algo desolada. Y desnuda. Y bellísima. Un lamento. Y porque además la toca Diego que es el mejor pianista de música contemporánea que tenemos y es un lujazo conocerlo y poder escucharlo y disfrutar de lo que interpreta y de cómo lo interpreta.

Lo que verán al final de esta página es pues el resultado de unir tan importantes elementos pictóricos y musicales, convenientemente ensamblados y una vez subido al youtube  porque hoy en día si no estás en el tubo, no existes. No sé si les gustará o no la simbiosis pero a mí me pareció la música perfecta para acompañar las, difíciles en ocasiones, imágenes del de 's-Hertogenbosch. 


Pero no vayan tan deprisa... ni empujen el ratón hasta el final de la entrada, que les estoy viendo. No se van a librar, mis queridos lectoyentes, de su ración plomífera de discurso condesil relativo a pintura y música. Vamos, dejaría de ser quien soy si me limito a hacer la entrada con el vídeo y punto.

No, ya en serio. Ni el compositor ni el intérprete, ni los dos admirados y queridos profesores de carrera se merecen que pase de puntillas por su obra. Sé que lo entenderán y que disfrutarán de lo que escribieron o tocaron tanto o más que yo.


Comencemos pues por la pintura de don Jeroen van Aken, alias Hieronymus Bosch, alias El Bosco.

Todo el mundo admira El Jardín de las Delicias y lo considera su obra maestra pero permítanme que yo disienta de ello. Y cito de nuevo a Isidro Bango porque siempre me decía que, para él, los dos mejores cuadros del flamenco eran los trípticos de La Adoración de los Reyes Magos, en el Prado y  de Las Tentaciónes de San Antonio, en el mencionado museo lisboeta. Estoy totalmente de acuerdo con su criterio. 

Y ganas tenía de conocer este último, que el primero lo tengo bien a mano y lo contemplo a menudo pero el otro se me ha resistido durante largo tiempo. Porque la primera vez que visité Lisboa fue en 1979 pero han tenido que pasar más de treinta años para poder ponerme delante de la tabla. Obviaré las razones de esa ausencia -que no olvido- un tanto forzosa. Básteles saber que cuando por fin pude verlo, la impresión fue mayúscula. Por la tabla en sí y por razones personales y sentimentales.  

Y vaya si mereció la pena. M, que me conoce bien y me soporta a diario, se sentó pacientemente en el banco de la sala donde está ubicado sabiendo de antemano que tendríamos para un buen rato.  Abrió un libro, se zambulló en su lectura y me dejó trabajar. 

He de decir que primero me pasé más de un cuarto de hora  abarcando el cuadro, disfrutando a solas de él. Y no saqué cámara ni objetivo alguno hasta haberlo gozado largo y tendido, hasta haberlo hecho un poco -o un mucho- mío. Después, todo lo demás vino rodado porque la propia obra te invita a ello, te lleva de la mano. Lo que verán en este post no es más que la cuarta parte de las fotografías que tomé aquel viernes de enero, un par de horas más tarde de haber aterrizado en Lisboa. 

La cámara lo ve todo. Es la gran testigo. Nada se le suele escapar si cae bajo su lente poderosa. Eso lo sabe bien esta condesa que últimamente anda embarcada en aprendizajes de cine y en saber cómo comportarse ante ese ojo al que nada se le oculta o de quien nunca te escabulles.  Si esa lente es un teleobjetivo,  la verdad desnuda se multiplica de la mano del detalle. El encanto y la belleza también.  Tiempo tendrán de juzgarlo por Vds. mismos.
Deberán disculpar eso sí la poca calidad de algunas imágenes, de plano más general. El objetivo con el que fueron hechas no daba más de sí pero me ha parecido importante incluirlas, dado que es la única forma de que adquieran una idea clara, los que quizá no lo conozcan, de cómo es el cuadro. Les permitirán además ubicar el resto de las imágenes posteriores en el lugar correcto que ocupan dentro de la pintura.

Y ahora vamos con la historia y el significado del cuadro... ¡Ahí es nada! No, no crean que es fácil, que no lo es en absoluto ni hay una explicación única de la iconografía y el simbolismo de la obra maestra de El Bosco. Si los estudiosos y "boscólogos" no se ponen de acuerdo, imagínense el resto de los mortales, ignorantes, que nos acercamos a ella.

Tengo que empezar por decir que pocos artistas han sido tan maltratados de puro buen trato como El Bosco. Me explico. Es uno de los pintores más nombrados, admirados, queridos en definitiva en nuestro siglo XX y lo que va de XXI. Se le considera el "inventor" de sus extrañas figuras y de los incomprensibles símbolos que esconden. Los surrealistas lo admiraron y lo incorporaron a sus obras en multitud de pequeños y significativos homenajes. Se le ha tildado de hereje, drogadicto, metido en mundos de brujas y demonios con lo que a los ojos del hombre actual aparece como un visionario, un adelantado a su tiempo. Soberbio, fantástico, genial. El personaje y su obra han sido ensalzados por motivos ajenos a la calidad artística de esta última que, por otra parte, es muchísima. 

Pues, perdónenme Vds., pero nada más alejado de la realidad ni más injusto para con el pintor flamenco. Se ha construido un personaje absolutamente falso, irreal e inexistente que ha tapado y todavía tapa al artista y al hombre reales. Eso sí,  por supuesto, ha vendido y vende muchísimo. En definitiva, se ha inventado casi todo sobre él pues parece que, por lo que respecta al flamenco, todo el mundo tiene derecho a falsear, elucubrar, hacer hipótesis sin la menor base ni el más mínimo rigor científicos. Hay patente de corso al respecto. Se lleva el malditismo. No les digo que hasta el señor de Cuarto Milenio lo ha relacionado con extraterrestres...

Y genial lo era. Mucho. Pero por motivos muy diversos. Creyente fervoroso y respetable, no se inventó ni una sola de las figuras que pintaba pues tenía, como la mayor parte de sus colegas de oficio, sus fuentes literarias y artísticas propias o por encargo. Y desde luego ni por lo más remoto pensó ni hizo públicas las ideas que ahora, nosotros los modernos, le atribuímos. De familia de artesanos y pintores por varias generaciones proveniente de Aquisgrán (de ahí su apellido Aken o Aeken), nació en la pequeña ciudad de 's-Hertogenbosch. Hizo un matrimonio conveniente con una señorita de buena familia lo que le permitió trabajar sin agobios y pertenecer a la sociedad más respetable de su entorno. Trabajó mucho. Tuvo un éxito razonable en vida. Probablemente viajó a Italia aunque nada hay seguro y terminó sus días tranquilamente en su ciudad natal bien considerado en su profesión y en su círculo social.  

Verán, siempre debemos estudiar a los personajes históricos, ya sean pintores, dictadores, guerreros u hombres de iglesia, ateniéndonos a los datos comprobados y fiables, no basándonos en elucubraciones más o menos efectistas. Es decir, la única forma de acercarnos con un mínimo de verdad a las obras del flamenco, amen de analizando su propia obra, es estudiando los datos reales que tenemos de su persona y también de la sociedad y del entorno temporal y local en el que vivió y desarrolló su trabajo. Todo lo demás es pura teoría falta del menor soporte de credibilidad, por muy bonito que aparezca a nuestros ojos.

El Bosco, como hijo de su época, era un simple artesano (sí señores, artesano, que el concepto de artista todavía no había prendido, salvo contadísimas excepciones, ni en la sociedad ni en los gremios) al que un patrono o comitente encargaba una determinada obra. Y era el autor de dicho encargo, habitualmente mucho más culto e instruido, el que le marcaba unas pautas muy concretas en lo que a tamaño de la obra, personajes, colores, etc. se refería. Y le daba también directrices de qué fuentes literarias, históricas y de imágenes debía consultar. Jeroen van Acken, como casi todos sus colegas de gremio, no tenía ni idea muchas veces de lo que estaba pintando. Es más, no solo no tenía ni idea sino que en ocasiones confundía pasajes, como le ocurrió precisamente con los de la vida y milagros del eremita Antonio.
 Así pues, le decían lo que tenía que figurar en el cuadro y él se limitaba a cumplir las órdenes de quien debía abonarle más tarde el importe de su trabajo. Tan sencillo, prosaico y real como eso.


[A partir de aquí y si lo consideran conveniente para su salud física o mental, pueden saltarse tranquilamente unos cuantos párrafos hasta el siguiente en color morado, porque vamos a entrar de lleno en el análisis de la obra. Si tienen un poco de paciencia yo creo que les gustará no obstante bucear en los datos.] 


El triptico que nos ocupa fue pintado entre 1495 y 1501 y se cree que fue comprado por el humanista portugués Damiâo de Gois (1502-1574), que vivió en los Países Bajos entre 1523 y 1544. Sobre el comitente hablaré más adelante.

Siguiendo la guía del propio Bango en la conferencia que dio en el Museo del Prado en 2006 dentro del ciclo sobre "El Bosco y la tradición pictórica de lo fantástico" (publicado más tarde por Galaxia-Gutenberg bajo el mismo título), intentaré resumirles lo que aparece en el cuadro y en qué fuentes se basa. Una nota previa: su forma reinterpreta en buena medida la mayor parte de textos relativos a la vida de San Antonio considerados canónicos. Fundamentalmente la Vita del santo, escrita por Atanasio de Alejandría y las normas que los monjes bizantinos consideran doctrina, ampliadas y fijadas por Pacomio. La devotio moderna representada fundamentalmente por Imitación de Cristo, de Tomás de Kempis -a través de la traducción de fray Luis de Granada-  y La Leyenda Dorada serán fundamentales para entender el complejo programa iconográfico que desarrolló Jeronimo Bosch. Pero como se verá más tarde, sus fuentes no se limitan a textos medievales.

Las grisallas que forman la parte trasera de las tablas laterales y que constituyen el frente del tríptico cerrado contienen escenas de la Pasión de Cristo. Encierran mensajes, basados en la vida de Jesucrito,  claramente alusivos a los valores que inspiraron la vida, la actitud, la enseñanza de San Antonio, pues todo en la obra obedece a un programa iconológico perfectamente definido y bien seleccionado.

La tabla lateral izquierda contiene cuatro temas antonianos en zonas bien diferenciadas que tendrán, a su manera, continuidad simbólica e iconográfica en la central. La ascensión de Antonio y las almas, las tentaciones del demonio, Antonio conducido de nuevo a su cueva y la carta de Balaquio. Sorprende la fantasiosa y rica interpretación que ha hecho el artista de las mismas. Es más, ignora (deliberadamente o no) representaciones formales consideradas ortodoxas en su ámbito con relación al tema del santo ermita.

En el postigo derecho, por el contrario, comienza el relato de una historia que culminará así mismo en la tabla principal. Aparece el diablo transformado en una bella reina que trata en vano y durante toda la noche de inducirle a fornicar. Las fuentes medievales, como la traducción latina que Evragio hizo de la Vita, aluden a que el personaje iba completamente vestido. La Leyenda Dorada, la Leyenda de Patrás y otras fuentes que narran el episodio no aluden en momento alguno a la desnudez de la mujer. Pero aquí la dama aparece hermosamente desnuda, apenas cubierta por un levísimo velo, como una tela de araña. Y es que, seguramente, quien encargó el cuadro le remitió esta vez a fuentes más modernas del siglo XIV, como la traducción que el dominico Buenhombre hizo la historia de San Antonio en árabe  en el manuscrito de Famagusta. De hecho, todo el episodio del encuentro en el río o la conversación de Antonio y la reina en palacio son ilustradas por el Bosco, consciente o inconscientemente, con una profundísima y elegantísima carga erótica, más atrevida incluso que la narración que el propio Flaubert hace del episodio de San Antonio y la reina de Saba.

La visión de la ciudad de la que es reina ocupa la parte superior de la tabla y representa minuciosamente la descripción que la traducción del monje gallego Buenhombre hace del texto árabe.

En la parte inferior del mencionado lateral se ve una mesa con manteles, dos personajes desnudos y uno semivestido tocando una bocina. Hacen alusión a una de las tentaciones a que la hermosa reina somete al santo eremita.

La tabla central completa el programa iconográfico de los panales laterales y representa la apoteósis del santo, que vence las tentaciones con la ayuda del ejemplo de Cristo. La interpretación iconológica se vuelve aquí ardua y difícil. La idea del mal, apoyada en el caos y el enmarañamiento de los episodios del cuadro, se acentúa aquí con relación a las tablas laterales.

En un lado de la tabla principal aparecen dos construcciones, que son las del palacio de la reina, con una plaza y todo tipo de gentes que van y vienen. En la parte central aparece el santo arrodillado con la hermosa dama. Nuestra reina aparece ya vestida. Ambos dialogan. La traducción de monje español es mucho más explícita al respecto que el pintor y narra que, para convencerle de su bondad manda hacer venir a todos los mendigos de la ciudad. Inicia entonces para ellos una ceremonia de imitación de la eucaristía, claramente satánica. Poco a poco la mujer se va apoderando de la mente y la conciencia del santo que la contempla arrobado. Le propone entonces ella desposarlo porque es un santo varón. El Bosco, sin embargo, se limita a pintar la escena del anterior matrimonio de la reina con su esposo, rodeada de todo tipo de seres maléficos y con el diablo, personaje negro, como principal invitado.

En la parte superior de la tabla, el incendio de una iglesia adquiere absoluto protagonismo en la pintura, en alusión evidente a un par de episodios de la vida del santo sobre persecución de los cristianos y destrucción de las iglesias  por parte de los arrianos. De nuevo acude esta vez el comitente del cuadro a los ejemplos literarios de las fuentes medievales de la Vita o La Leyenda Dorada.

Cuando la reina intenta desnudar a Antonio, éste se da cuenta del engaño y pide ayuda a Cristo para vencer la tentación. En el fondo del cuadro aparece éste acudiendo a la llamada del eremita, portando el cáliz del sufrimiento en la mano. En la torre que aparece a la derecha se representan escenas del Antiguo Testamento, claramente premonitorias de la figura de Cristo, de su sufrimiento y de la salvación y la redención con su muerte del pecado.

Según Bango, las lecturas mencionadas no estaban a la altura de cualquiera y eso incluía a El Bosco. Desde luego nunca leyó tales obras puesto que confundía y reinterpretaba libremente los episodios que se narran.

Estamos pues, casi con total seguridad,  ante una representación muy, muy sofisticada de la tentación, el pecado y la ayuda y salvación de y a través de Cristo. De forma muy sui generis y no poco procaz y transguesora, Bosch defiende las enseñanzas de la devotio moderna, especialmente del Kempis, muy de moda en época del flamenco y, en especial, en los círculos brabanzones más cultos e intelectuales. Pero él no tenía suficiente capacidad y conocimiento religioso para entender lo que estaba representando en la tabla. Y eso lleva a los expertos a pensar que la obra no fue concebida para la capilla de una iglesia sino para un capítulo, una sala de trabajo o incluso una estancia privada,  desde luego con objeto de mover a meditación dadas las características y el programa iconológico de la obra. Quizá entonces no es aventurado pensar que pudo ser un encargo de la Fraterhuis de los  Hermanos  de  la  Vida  Común, de
's-Hertogenbosch, fraternidad que le era muy cercana. En definitiva, quien encargó de entre ellos la obra era un hombre ilustrado y culto, casi con seguridad religioso, formado en los principios de la devotio moderna.








[Pueden retomar la lectura en este punto]

¿Qué, cómo se encuentran? Si han sido capaces de llegar hasta aquí leyéndolo todo son Vds. unos jabatos y han superado lo peor. Si cogieron el atajo habrán llegado seguramente más descansados y con un tono de piel menos congestionada. Espero que no les haya parecido muy árido. Lamento haberlo hecho tan largo pero puede que les haya instruído divirtiendo, como a mí, y quizá también se les hayan venido abajo un montón de tópicos que sobre el flamenco se cuentan a menudo.

Un último apunte en lo que a Bosch se refiere. Si tienen ocasión, no dejen de leer este libro del que les traigo un aperitivo. Es realmente fundamental para entender la figura de El Bosco. Está bien escrito y mejor documentado. Imprescindible. 








Yo tuve la suerte de dar clase con los dos autores, durante la carrera y los cursos de doctorado. Probablemente, junto con Alfonso Pérez Sánchez y antes con Ricardo Olmos, son los profesores que más han contribuido a mi "desasne" artístico. Nunca podré agradecérselo a ambos lo suficiente. Conservo un ejemplar del libro más arriba citado, firmado y dedicado por los dos, como uno de mis mayores tesoros bibliográficos. Siempre he defendido y defenderé que ha sido un lujo poder asistir a sus clases. Todavía hoy acudo siempre que puedo a cada una de las conferencias, cursos o simposios que imparten. Marías acaba de leer hace un par de meses su discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia y yo he sentido como propia la alegría. Cercanos siguen para mí los dos a pesar de los años transcurridos y de la distancia intelectual que nos separa. Inteligentes, honestos, excelentes historiadores han contribuido y siguen haciéndolo al aprendizaje de muchas, muchísimas promociones de licenciados en Historia del Arte. Vaya pues, mi pequeño homenaje con toda mi admiración y mi respeto y mi afecto.




Veeengaaaaa, les dejo que hagan un descansito pues compruebo con harto dolor que alguno de Vds. presenta ya una tez de un sospechoso color morado...


... ¿Han descansado? Entonces seguimos, que la segunda parte es bastante más liviana pues, para mi desgracia, desconozco casi todo lo referente a compositor y obra.



Poco sé decirles de Josep Soler que no figure en cualquier enciclopedia de música contemporánea y no solo española. Es un gran, un grandísimo, un excelente compositor. En el enlace que les he facilitado al inicio de la entrada sobre este catalán más conocido y admirado fuera que dentro de nuestra vieja y maltratadora piel de toro podrán encontrar datos relativos a su vida y obra. Mi acercamiento a su música, como a la mayoría de los compositores españoles del siglo XX ha sido y continúa siendo puramente sensorial y sentimental. Emocional, más bien.  Sé que se ha realizado más de una tesis doctoral sobre su corpus musical y su biografía. Yo, por desgracia, no he tenido acceso a ellas, aunque quizá sea que no he sabido buscarlas lo suficiente. Mi conocimiento sobre él se remite a reseñas discográficas o programas de mano de conciertos y no me parece muy ético tirar de ellas aquí. Confieso pues, no sin vergüenza, que apenas conozco o sé sobre sus diferentes estilos musicales: dodecafonismo, serialismo, atonalismo. Estaría falséandoles la realidad si pretendiera hacerles creer otra cosa y después del discursito ético-pedante anterior sobre El Bosco no pienso pasar por ilustrada en la obra de alguien cuando no lo soy. 

Lo que sí puedo contarles es que la obra de Josep Soler me emociona desde hace mucho tiempo, desde que empecé a escucharla en alguna grabación de Radio 2 hasta más tarde, con escasísima frecuencia, en los abonos de música de cámara o   en algún   concierto  de la  OCNE. Y me ha ocurrido lo mismo con alguno de sus poemas. Siempre he tenido  la sensación -creo que no desacertada- con la música contemporánea española de que sus compositores, para vergüenza de todos, no son profetas en su tierra. Se les ha escamoteado, regateado, cuando no directamente negado el pan y la sal en lo que a conciertos en los grandes auditorios del país se refiere. Puede que sea mi ignorancia la que me hace creer esto que digo pero su música apenas suena o se oye en los grandes ciclos de música de cámara o sinfónica en España. Yo tengo esa sensación, al menos en lo que a Madrid respecta. Y es injusto. Terrible y vergonzosamente injusto. 

Los premios nacionales anuales de música pasan casi casi desapercibidos en los medios de comunicación nacionales y hasta locales. Por no hablar de grandes premios con parabienes como el príncipe de Asturias. Precisamente y si la memoria no me falla, Josep Soler ha sido nominado al mismo en alguna ocasión y por iniciativa precisamente de Diego Fernández Magdaleno.

Pero este mal endémico en nuestro vieja Hispania no le quita un ápice de belleza a sus composiciones.
Y siempre tengo la sensación al escuchar alguna de sus obras de que un hilo de lamento sereno y muy hermoso guía buena parte de sus piezas a lo largo de más de cincuenta años de composición. 

Seguramente estoy equivocada en lo que digo. Seguramente conocedores de su obra me desdigan con razón. Pero a mí lo que me llega de él es precisamente el lamento y la serenidad perfectamente entretejidos e embricados. Y en ese tejido, los silencios son una parte tan importante de la obra como el propio sonido.

Una  aclaración relacionada con la Sonata IX de Soler por la que debo pedir disculpas. No van a poder escucharla entera en el vídeo pues la informática a veces es vengativa y el programa con el que está confeccionado corta inmisericórdemente la música en beneficio del lapso temporal entre imagen e imagen. Por esa razón, permítanme que se la traiga libre de pintura y ataduras. Pura y simplemente como fue escrita por Soler e interpretada por Diego. A su albedrío dejo escucharla antes o después de la música encajada entre las imágenes.

No quiero terminar esta ya larguísima -como siempre- entrada sin dedicarle unas palabras de agradecimiento a Diego Fernández Magdaleno, el poeta y pianista. El Premio Nacional de Música. El mejor intérprete de música contemporánea española para piano que existe. Por su calidad interpretativa y literaria y, como siempre, por su generosidad al no poner ningún impedimento,sino todo lo contrario, para publicar mis imágenes con su interpretación.  Salgo ganando, con creces. Y porque es muy,  muy, muy buena gente. 

Quiero que las últimas palabras de este post no sean mías sino de Joan Pere Gil Bonfill. Porque son capaces de definir muy bien a compositor e intérprete y de decir en tres líneas lo que yo llevo intentando a lo largo de varios párrafos con un resultado burdo:


"La poesía da vueltas y vueltas entre los espacios que a veces deja la música. Música, Poesía, todo es lo mismo y nada es igual. Un músico y poeta interpretando música de otro poeta. ¿Y para qué poetas en tiempos de penuria? Intérpretes como Fernández Magdaleno y compositores como Soler, los protagonistas de este disco, hacen que esta angustiante pregunta, por ahora, tenga respuesta".




J.Soler (1935). Sonata IX. Diego Fernández Magdaleno, piano. Grabado en Jafre, Girona el 2070472001. Fundació Música Contemporània, 2002





(Les aconsejo que lo configuren en alta resolución y a pantalla completa)



Bien, parece increíble pero han llegado hasta el final. Disfruten ahora o cuando buenamente puedan el vídeo dichoso, pasen el menor calor posible, procuren aprovechar los días cálidos y todavía largos de este verano que se consume a velocidad de AVE y, como siempre, intenten ser felices. Su cuerpo, su mente, su ánimo y los que bien les quieren se lo van a agradecer.




(*) También aparece en la wiki, pero me gusta más su página web.